Darío, el eterno enamorado

“Nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo, nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan”, ha dicho Antonio Machado, cuando las musas se habían dormido en el alma del jardinero de las Hespérides. El eterno enamorado, Rubén, se había marchado entre la armonía de liras celestiales al lugar donde moran los escogidos. Triste vacío que hoy las letras hispanoamericanas evocan, rindiéndole el homenaje de especial reconocimiento y gratitud.

Evocar a Darío, desde el génesis de su vida —su Divina infancia— cuando el verso que habla con palabras de amor como fuente de infinita poesía, es siempre para los nicaragüenses un motivo de orgullo, máxime hoy cuando a 115 años de su sentida ausencia, su magnetismo poético con su vibración exótica, sigue vigente como en los momentos en que él comunicaba su sed por alcanzar el sentido de lo desconocido: “Una vez sentí, el ansia una sed infinita. Dije al hada amorosa: ‘Quiero en el alma mía tener la inspiración honda, profunda, inmensa; luz, color, aroma, vida’. Ella me dijo: ‘¡Ven!’” y llegó la luz… alcanzó la fuerza que lo intuye en la perfección de su anhelo ansiado y descubre que se apacienta en su alma entre la flor de las letras castellanas la pasión de su verso enamorado.

Sensible y sensitivo, entre los románticos, Rubén comienza su periplo poético, como él mismo diría: “Su lenguaje poético, musical, su forma, su significado inmanente” se abre paso por los caminos del mundo; el soplo particular de su espíritu le imprime en la diáfana mañana de la adolescencia el sentido de la introspección, fuerza ineludible de su capacidad creadora irrumpe en su alma la pasión del amor que parece volar libre y ágil como un pájaro de encanto entre los árboles del paraíso (…).

Los recuerdos de aquella “Divina infancia” con sus nostalgias y espantos de su mente esfuman.

El amor… esa fibra que llevamos dentro y que al soplo de la más leve brisa se despierta en su corazón: “y el granado en flor bajo el cual los labios adolescentes supieron lo que era un primer beso de la prima rubia; la prima Inés”, despertaron sus sentidos pasionales. Esos que se perciben con la retina del corazón, justamente con la capacidad sintetizadora que forja las sensaciones y emociones del alma; Garza morena, Palomas blancas, a su imaginación y sentido poético se encantaban, como el muy bien decía. “Con la visión de las turgentes formas de mi prima experimentada desde entonces en el amor”, el Poeta, el hombre, el señor del verso y de la prosa, ha descubierto la belleza que estaba escondida en los lívidos labios de una mujer con el candor de la rosa que empieza a desflorar, y desde aquí, como un artesano de visiones comienza sin parar a bregar por el camino que lo conduce a poseer la plenitud de la pasión.

Sus románticos éxitos eran indiscutibles: “Yo con mi pobreza y todo, solía ganarme las mejores sonrisas de las muchachas, por el asunto de los versos. “¡Fidelina, Rafaela, Julia, Mercedes, Narcisa, María, Victoria, Gertrudis! Recuerdos, recuerdos suaves”. Recuerdos amados que hoy maduran y caen entre nosotros, poblados en las alas de una dulce poesía que vive y perdura tal como él lo dijera: “Mas a pesar del tiempo terco, mi sed de amar no tiene fin; con el cabello gris, me acerco a los rosales del jardín”.

¡Oh Rubén!… señor de noble realeza, el destino, “lo fatal”, en su piel de armiño imprimió el amor por el que sufrió y murió; más su alma enamorada loca de crepúsculo y de aurora voló al infinito azul; “abierto el corazón, sensible al alma, con la tranquila calma del que espera en el cielo otra existencia”.

El autor es promotor cultural.

Opinión
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