Suena dramático. Quizás exagerado. La expresión se la escuché a un amigo, muy sabio, cuando se refería al peligro de que Nicaragua esté en vísperas de entrar al peor de los escenarios posibles. En realidad, es muchísimo lo que nos estamos jugando en este 2021. Nuestras posibilidades como nación, nuestras esperanzas, todo, será profundamente afectado por lo que ocurra en él. Eso determinará si podremos aterrizar en un escenario positivo, capaz de restaurar el optimismo, o caer en uno negativo, donde nos hundamos en una noche tenebrosa y sin esperanza.
Tenemos pues la obligación de analizar los riesgos de este posible escenario, así como las acciones nos pueden llevar o apartarnos de él. Hacerlo puede contribuir a que pongamos todo nuestro empeño en evitarlo. Labor urgente, porque tal escenario no solo es posible, sino que luce altamente probable. Es lo que ocurriría si los OrMu (Ortega-Murillo) siguen, como hasta ahora, apretando las tuercas represivas, acorralan a la oposición, se niegan a la observación internacional, no permiten el tipo de elecciones esperadas por la OEA o la comunidad democrática, y se las arreglan para recetarse cinco años más. ¿Qué podría preverse entonces?
Las consecuencias inmediatas más probables serían el aumento de las sanciones internacionales, tanto personales como generales, y el posible desconocimiento de la legitimidad del gobierno por parte de Estados Unidos, la Unión Europea, y varios países latinoamericanos. También podrían ocurrir disturbios graves que serían reprimidos con lujo de violencia. Con o sin ellos vendrían luego algunos derivados: aislamiento internacional del gobierno, disminución significativa de la ayuda externa —que no podría ser compensada ni por Rusia ni mucho menos por Venezuela— caída de la inversión nacional y extranjera —por la falta de confianza en el rumbo del país—, estancamiento o retroceso económico, posiblemente severo, y otras secuelas más: aumento del desempleo, la pobreza, la delincuencia y la emigración. Es el escenario que algunos llaman venezolanización; uno donde un autócrata elimina todas las libertades públicas, persigue implacablemente a sus opositores y sume a su país en la carestía y el hambre.
¿Terminaría Nicaragua en una situación igual, mejor o peor que la de Venezuela? Difícil saberlo. Lo que se puede afirmar con absoluta certeza es que su situación sería significativamente peor que la actual, porque con todo y lo que hoy pasa, todavía subsiste la esperanza en alguna salida pacífica a través de elecciones, y este es un dique para la estampida o la parálisis. Pero evaporada queda su opuesto; la desesperanza, la huida, o la tentación de recurrir a la violencia armada. La dictadura de los OrMu podría sobrevivir este o similares escenarios, pero en un ambiente de tensiones y oscuridad que podrían desembocar en lo que mi amigo llamaba un infierno, una situación con sangre, dolor y lágrimas —parafraseando a Churchill— pero sin horizonte de salida.
¿Conviene al Gobierno este escenario; es lo que busca? ¿Lo quiere el Ejército o la burocracia al servicio del régimen? ¿Lo quieren los jóvenes, los profesionales? Seguramente ninguno, pero es hacia donde parecemos dirigirnos.
Muchos opositores no lo ven por estar obsesionados con la unidad. Aciertan en cuanto ella es fundamental para enfrentar con éxito a los OrMu en un desafío electoral, o para deslegitimarlos más si no juegan limpio. Pero parecen ignorar que esta no es capaz de evitar el peor escenario. Por la sencilla razón de que los OrMu, JAMÁS (en mayúsculas) dejarán el poder a través de elecciones o medios pacíficos si temen que al perderlas peligrarán su libertad o su fortuna. Para casi cualquiera en sus zapatos es preferible el escenario venezolano que ser aplastados.
Crear una fórmula donde los OrMu superen este temor, donde vean menores los riesgos del escenario electoral que los del venezolano, requerirá de la oposición y del Gobierno muchas concesiones y quizás hasta pactos o negociaciones políticas. Estas quizás tengan, para muchos, olor a purgatorio. Pero ¿no es este preferible al infierno?
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.