William Shakespeare, en una de sus obras emblemáticas como es Hamlet, incorporó al lenguaje universal la expresión más significativa y contundente del dilema al que se enfrentan a menudo las personas y las instituciones: ser o no ser, hacer algo o abstenerse, correr un riesgo o no correrlo…
Ante una situación dilemática como esa tendrá que enfrentarse la oposición cuando quede definitivamente claro que Daniel Ortega no permitirá que las elecciones de noviembre de 2021 sean competitivas, justas y diáfanas, como demanda el pueblo de Nicaragua y la comunidad internacional, en particular la Organización de Estados Americanos (OEA), la Unión Europea (UE) y los grandes países de la democracia que son Estados Unidos y Canadá.
Desde ahora se percibe que Ortega no las permitirá. Y que en el momento oportuno dirá que elecciones sí pero dentro de “la revolución”. El testaferro político de Ortega en el poder legislativo de la dictadura, Gustavo Porras, lo dejó sin lugar a dudas el 2 de septiembre pasado, al condecorar a un estadounidense sandinista: “Nada nos puede detener… Estamos convencidos de que vamos a una lucha electoral en defensa de la revolución. No vamos a disputa por el voto, vamos a defender la revolución… a defender nuestras conquistas”, proclamó Porras.
En realidad, en este campo lo único que tiene la oposición es la esperanza de que Ortega pudiera ser obligado a permitir que las elecciones de 2021 sean auténticas, como se le obligó en 1990. Pero ahora las condiciones son muy distintas y eso no parece ser factible.
Ahora bien, quienes se dedican al estudio de la política y los sistemas electorales dicen que en la actualidad hay en el mundo tres tipos de elecciones, con sus variantes correspondientes. Uno, elecciones competitivas, que sirven para cambiar gobiernos y en las cuales los ciudadanos participan libremente y los diversos partidos y candidatos lo hacen en igualdad de condiciones. Tales son las elecciones que se realizan en Costa Rica, Uruguay y otras democracias consolidadas. Dos, elecciones no competitivas, que son las de regímenes autoritarios, pero no completamente totalitarios, como Venezuela y algunos países africanos. En estos se tolera una oposición limitada que puede participar en las votaciones y conseguir algunos cargos secundarios, pero nunca aspirar a la toma del poder. Y tres, las elecciones en los Estados totalitarios, como Cuba y China, que son solo una mascarada o formalidad para que la gente avale las decisiones previamente tomadas por el caudillo o el partido gobernante.
Nicaragua, bajo la dictadura de Daniel Ortega pertenece evidentemente a la categoría de países con elecciones no competitivas. La oposición puede participar y conseguir algunas diputaciones, pero no ganar para tomar el poder. De manera que tendrá que decidir si participa en esas condiciones o llama a la abstención, como en 2016. Esto es lo previsible para noviembre de 2021, a menos que de alguna manera Ortega pudiera ser obligado a ceder y que permita elecciones competitivas.