Ramón Flores es uno de los últimos jugadores que juegan con una pasión desbordando en nuestra pelota. LAPRENSA/JADER FLORES

La otra vida de Ramón Flores: cazar conejos y pescar con arpón en el Lago de Apanás

Entre guapotes y conejos se ve una sombra que corre entre los montes en la madrugada despertando a los pájaros y zambulléndose en las frías aguas de Apanás

He visto a jugadores que se revolcaban en home plate entre polvo y sangre como Aníbal Vega, que eran capaces de derribar una pirámide como José Ramón, a otros como Oscar Gómez que salía y entraba como sprinter al terreno, que eran capaces de comer tierra como Julio Medina o que apretaban los dientes como Julio Vallejos esperando que le cayera una montaña encima.

Hace unos días, con el partido 11-1 en contra, Ramón Flores de los Tigres quiso convertir un hit en doble metiéndose de cabeza en la intermedia ¿Qué le pasa, por qué se arriesga innecesariamente? La respuesta de Moncho fue la que esperabas de un jugador de su clase, heredada de sus padres. Ramón padre era un maniático jugando a la pelota y su mamá proviene de una familia de beisbolistas.

«No sé jugar el béisbol de otra manera. Soy un jugador que toma riesgos. No sé lo que es jugar suave, eso lo aprendí desde niño», nos cuenta este jugador que en sus ratos libres se dedica a atrapar conejos o pescar con arpón en Asturias en el Lago de Apanás.

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Para este jugador no existe situación más agradable que comer frijolitos con ajo, pellejito de chancho y un buen plato de garrobo. «Me encanta comer garrobo y beber leche recién ordeñada. Tengo buen olfato para la caza y me gusta corretear a los conejos por el valle. También sé donde se pueden encontrar los garrobos», indica el pelotero, quien se inspira en llenar de orgullo a su familia.

Moncho niega que juega igual a su padre. «Mi padre ha sido mi ejemplo, el jugó buen béisbol y yo solo quiero seguir su legado. Mi mamá tiene huesos de beisbolista, mi tío es Javier Moreno y su papá era muy bueno». Sus más cercanos le dicen Loco Moncho, pero a él no le molesta, «si jugar bien a la pelota es locura está bien que piensen así. Soy un jugador que me hice a la brava. No me arrepiento de nada. Todo se lo he dejado en las manos de Dios, nunca he sido ambicioso, lo que no se tiene no hace falta», cuenta.

Fanático de la música banda y de Bob Marley, Ramón tuvo sus pleitos cuando estaba en el colegio. «¿Quién no peleó alguna vez? Ahora solo aparezco en los pleitos para mediar. Soy un ser imperfecto, que se entrega mucho a lo que ama que es el beisbol. Cuando me retire seré entrenador y trabajaré en una academia con jugadores de alto rendimiento».

Es un personaje agradecido con la vida. «Me levanto y abro mis ojos desde ese momento soy un ganador. Respirar es mi regalo».

Este chispeante jugador estuvo en las Menores de los Bravos con peloteros de la talla de Andrelton Simmons y Julio Teherán.

Flores no titubea en la elección de su mejor momento: «Cuando nació mi primer hijo. Soy padre de tres, es un don, una bendición. También atesoro el jonrón que conecté en Veracruz para empatar y darnos el pase a la final contra Cuba».

No obstante, ha sabido asimilar la crítica, a pesar que le han disparado con las flechas afiladas. «Pues sí, más que todo por la Selección Nacional donde se me juzgó injustamente, con un dictamen que no me dio una oportunidad de explicar. Me molesta que me juzguen sin conocerme».

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Entre guapotes y conejos se ve una sombra que corre entre los montes en la madrugada despertando a los pájaros y zambulléndose en las frías aguas de Apanás con su traje de buzo para arponear peces. Horas más tardes tiene un uniforme de béisbol, una combinación loca pero auténtica.

Deportes Liga Profesional Ramón Flores archivo

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