Oswaldo Mairena fue golpeado en la frente en el Torneo Preolímpico de Edmonton en 1995. LA PRENSA/ARCHIVO

El lanzador que recibió un pelotazo en la frente y vivió para contarlo

Hace 25 años el zurdo por poco pone fin a una naciente que carrera que lo llevó tan lejos como a la MLB y ahora al Salón de la Fama de Nicaragua

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Oswaldo Mairena tiene una razón poderosa para darle gracias a Dios por cada nuevo día. Hace 25 años fue golpeado en la frente por un batazo del cubano Alberto Hernández, en la época que el bate de aluminio hacía saltar como proyectil la pelota, y cayó desplomado al suelo, sin la certeza que volvería a abrir los ojos, muchos menos jugar.

“Fue un momento difícil. Un lanzador nunca espera que en la vida le pase algo así. Perdí el conocimiento, sentí que el mundo se terminaba. Cuando la pelota me impactó sentí una ola caliente recorriendo mi cara, como un fogazo. Perdí la visión y la mente se me nubló, me desconecté, pero gracias a Dios los doctores me miraron a tiempo y me recuperé”, recuerda Mairena el terrible momento.

El zurdo tenía 20 años de edad y rápidamente estaba abriéndose paso en el beisbol, al punto que con solo dos años de experiencia ya era parte de la Selección Nacional. El golpe ocurrió en el Torneo Preolímpico de Edmonton, Canadá, en 1995. Nadie sabía que sería del futuro del valiente tirador chinandegano.

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“Recobré el conocimiento por la noche en el hospital. Habían varios jugadores acompañándome. Algunos estaban llorando, otros muy tristes y consternados, porque cuando uno anda con la Selección es como una familia. Pregunté que había pasado y me comenzaron a contar la forma en la que fui golpeado y como caí de rodillas al suelo. Un golpe de ese tipo lo menos que se espera son secuelas, como sufrir alguna parálisis o quedar mal de la cabeza, pero gracias a Dios y a la virgen que quedé bien y aquí estamos”, cuenta Oswaldo cuya carrera por poco es muy breve, pero en lugar de eso recientemente fue exaltado al Salón de la Fama del Deporte Nicaragüense, por su largo y exitoso historial, que incluye ser el único lanzador zurdo pinolero en la historia de las Grandes Ligas.

Mairena pasó un mes en un hospital de Edmonton. No lo dejaron ir hasta tener la certeza que todo estaba bien. “Me chequearon súper bien, me dijeron que no tendría consecuencias y así ha sido hasta la fecha. Agradezco a esos doctores que me dejaron como si nada hubiera pasado. Fue una atención de primera línea. Le agradezco mucho a la federación canadiense de beisbol por esa atención. Imaginate que me metieron en un lugar como cueva, muy largo, y ahí me tuvieron amarrado, con audífonos puestos durante cuatro horas para chequear que consecuencia había tenido ese golpe y después del examen determinaron que el batazo no afectó mi cerebro. Me dijeron que ayudó que boté sangre por la nariz”, explica.

Una vez que tenía el aval médico, faltaba trabajar con el factor psicológico, el miedo a ser golpeado de nuevo. “Al principio tuve temor, sentía que al soltar la bola me podían dar otro bolazo, pero un sicólogo me ayudó mucho, me dijo que eso pasa una vez en la vida y que es algo muy raro. Esos consejos los creí y me fortalecieron. Cuando se me fue quitando el temor, volví a ser el Oswaldo Mairena guerrero de antes. Se me fue la idea del miedo por completo”, asegura y en realidad ese proceso no fue largo, porque a los pocos meses estaba de nuevo en acción y un año después sería firmado por los Yanquis de Nueva York en los Juegos Olímpicos de Atlanta.

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¿Qué pasó que no pudo ver que la pelota venía a él? De acuerdo a Mairena, fue un picheo en la zona de afuera porque porque el receptor Julio Vallejos le dio una seña para que hiciera un mal lanzamiento porque el corredor de la primera base se iría al robo. Entonces el zurdo hizo el disparo afuera y se agachó para no ser golpeado por el riflazo que solía soltar Vallejos a a la segunda base.

Sin embargo, no hubo tiro, sino batazo, porque la jugada de los cubanos era de bateo y corrido, no robo, así que Alberto Hernández siguió la pelota e hizo swing, y como Mairena estaba agachado,  cuando volvió a mirada al plato, ya no tuvo tiempo de esquivar la línea.

Hernández jugó en Nicaragua en el año 2000 con el equipo de Rivas y Mairena siempre tuvo el deseo de saludarlo, pero no se presentó la oportunidad de hacerlo. “Yo se que él no quería darme el batazo, ambos somos jugadores y quería decirle que no tenía resentimiento”.

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