No seamos indiferentes a la pobreza

Todos los nicaragüenses sabemos que somos un país lleno de pobres. Pero, aun así, me impactó mucho una foto que publicó este martes 17 de noviembre el diario Washington Post de EE. UU., de una guapa joven costeña esperando en Bilwi sonriente y enfrente de su “casa’, al huracán Iota.

Nada más que su “casa” eran (digo eran porque posiblemente el viento se las llevó) unas cuantas latas que, como me comentó un buen amigo, ni siquiera llegaban a “casetas de excusados”.  

¿Cómo es posible que a los 199 años de habernos independizado de España hemos sido incapaces de “independizarnos” de la pobreza?

Las razones son varias y se sobreponen unas sobre las otras como una telaraña, en un círculo vicioso que se retroalimenta.

Entre ellas, nuestra tradicional inestabilidad y luchas políticas, la incompetencia e ignorancia de nuestros gobiernos, que, a pesar de las buenas intenciones de algunos de ellos, no han sabido atacar efectivamente algunas de las causas básicas de la pobreza comenzando por la falta de nutrición desde el vientre de las madres pobres, la deficiente educación preescolar y de primaria, y la falta de crecimiento económico continuo, generalizado entre departamentos del país, y equitativo.

Pero me parece que hay también otra razón fundamental que yo llamaría la “indiferencia” a la pobreza y que otro buen amigo calificó como una “sociedad que se acostumbra a la miseria como algo natural”.

Como sea, los que tuvimos la fortuna de no nacer pobres nos acostumbramos a crecer junto a ellos y de chavalos no veíamos ni realizábamos que su pobreza era algo aberrante y antinatural.  Jugábamos amistosamente con los hijos de los empleados y con los de los mozos de las fincas y les regalábamos juguetes, pero luego regresábamos los unos a su casa y los otros a sus chozas. Dos países distintos.

Con el tiempo y la educación religiosa, los no pobres comenzamos a adquirir conciencia de la injusticia de la pobreza y nos comprometimos a eliminarla.

Pero pasó el tiempo y como nicaragüenses en su colectividad no honramos ese compromiso. Salieron otras prioridades, que, aunque muy legítimas, nos desviaron de ese norte. Por lo que pienso que la permanencia de la pobreza no solo es culpa de gobiernos incompetentes sino también de la indiferencia colectiva de los nicaragüenses no pobres.

La lucha contra la pobreza es responsabilidad no solo del gobierno sino de todos los nicaragüenses, inclusive de los más pobres, que tienen que poner de su parte y aspirar a algo mejor. 

Repitamos pues el voto de nuestra juventud de erradicar o al menos reducir la pobreza en nuestra Nicaragua, iniciando como nación una cruzada antipobreza.

Esta cruzada requerirá por una parte que el gobierno amplíe, focalice mejor y ejecute con competencia sus programas de protección social. No se necesitan más impuestos sino mejor administración tributaria, y racionalización de exenciones y de otros gastos.

Por la otra, programas propobres complementarios y conjuntos del gobierno y sector privado que se apoyen mutuamente. El gobierno no lo puede hacer todo y debe aceptar el apoyo del resto de los nicaragüenses. Y en lo personal, hagamos todo lo posible para ayudar a los pobres que nos rodean.

El tercer elemento clave es estabilidad política, buenas instituciones y políticas económicas que fomenten la productividad, generen más y mejor empleo, y un crecimiento continuo, equitativo, y generalizado en todo el país en el mediano y largo plazo.

Estas son algunas ideas, pero los nicaragüenses entendidos en temas de pobreza y crecimiento podrían recomendar qué se puede hacer mejor y cómo. 

Pero lo importante es que la lucha contra la pobreza sea nuestra primera prioridad como nación. Que nuestros nietos y bisnietos no vuelvan a ver casas de latas ni en el Caribe, ni en el Centro, ni en el Pacífico de nuestra Nicaragua. 

El autor es bachiller del Colegio Centro América.

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