La democracia muere en la oscuridad

La Constitución Política de Nicaragua y sus normas electorales establecen que la soberanía nacional reside en el pueblo y la ejerce a través de instrumentos democráticos, que el poder soberano lo ejerce el pueblo por medio de sus representantes libremente elegidos por sufragio universal, igual, directo y secreto, y que dichos sufragios deberán realizarse con condiciones de pureza, igualdad, transparencia, seguridad, control, vigilancia y verificación.

No obstante, la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) aprobó en octubre pasado (en su quincuagésima sesión) una resolución que exige al gobierno de Nicaragua, entre otros, se prepare con seriedad y transparencia para una elección inclusiva y justamente disputada en 2021; asegurando que el sufragio pueda llevarse a cabo de manera justa y que refleje la voluntad del pueblo nicaragüense.

Todo suena bien hasta ahí; pues nadie puede negar que las elecciones en democracias emergentes y en posconflicto —si no son libres, justas y transparentes— tienen el potencial para llevar a un país nuevamente a conflictos violentos y desacreditar la tan anhelada “democratización”. Recordemos que las elecciones son tan solo una herramienta de participación democrática, inevitablemente sujetas a actos que socavan los principios que deben regirlas y tienen un impacto claramente negativo. Entre dichos actos pueden mencionarse, por ejemplo, la manipulación del proceso de registro de votantes o de la forma de distribución y conteo de boletas.

Una ciudadanía participativa —que conozca y exija sus derechos— es beneficiosa para la buena andanza de cualquier gobierno que responda a la soberanía popular. En todo es así (no solo en procesos electorales): Sin información y sin conocimiento, la toma de decisiones de los ciudadanos sería poco fiable y desinformada.

He escuchado decir que “la democracia muere en la oscuridad”… y estoy de acuerdo. Tan importante para una democracia es una prensa objetiva e imparcial (en vez de periodistas activistas), a como lo es una ciudadanía que exija, defienda y luche por la “transparencia”.

Quizás el principio más fundamental que define elecciones creíbles es que las mismas lleguen a reflejar la libre expresión de la voluntad del pueblo. Sin embargo, para lograrlo, deben ser libres y justas; pero también transparentes.

“Transparencia” es el término que puede correctamente describir un proceso que es claro y abierto, y que a la vez es comprensible y responsable ante el electorado; eliminando la apariencia de improcedencia y limitando la posibilidad de fraude electoral. Los procesos electorales “transparentes” promueven la confianza de los electores y la confianza en el sistema electoral y, en consecuencia, fomentan la participación de la ciudadanía y el apoyo a ese sistema electoral.

Ningún país debe estar exento de la exigencia de sus ciudadanos en cuanto a elecciones justas, libres y transparentes.

Tan importante y necesario es en las democracias emergentes y en posconflicto, como lo es en países de primer mundo y potencias mundiales.

En estos días, por ejemplo, vemos como el proceso electoral de la mayor potencia del mundo, EE. UU., ha sucumbido en reclamos que al parecer apuntan a una falta de transparencia en el proceso electoral de algunos estados regidos por gobernadores demócratas en los que lastimosamente se dieron cambios a las reglas del juego en los últimos pocos meses; reclamos que incluyen: no permitir que los observadores legalmente designados observen adecuadamente, no evitar que se distribuyan, acepten, procesen y/o cuenten boletas enviadas y recibidas por correo que no cumplan con los requisitos de la ley estatal, que se hayan realizado y aceptado sufragios y procedimientos que no son conforme con las disposiciones estatales que rigen las elecciones, demoras injustificadas e inexplicables en cuanto al conteo de votos, etc.

Un colega mío recientemente escribió (y me llamó poderosamente la atención): “Las repercusiones del fraude electoral estadounidense no sólo en los Estados Unidos, sino en otros países, especialmente en América Latina, son inconmensurables. Estados Unidos ha tenido la autoridad moral para exigir a otros países elecciones libres y justas… ¡¿pero ahora?!”.

Las fuertes palabras del embajador estadounidense ante la OEA, Carlos Trujillo, dirigidas a Nicaragua en ocasión de la quincuagésima sesión de ese organismo son solo un ejemplo. Para exigir elecciones libres, justas y transparentes es necesario que en EE. UU. se realicen elecciones libres, justas y transparentes.

En estos días, la transparencia del reciente proceso electoral está siendo fuertemente cuestionada, dentro y fuera de las cortes de ese país. Por el bien de esa nación, ojalá lleguen al fondo del asunto, pues es preferible pecar de exceso de celo de transparencia, que permitir que se imponga un fraude que cuestione la legitimidad e integridad de dicho proceso y de los subsiguientes.

¿Quién se opondría a la transparencia? ¿El Partido Demócrata? ¿Joe Biden? ¿Los comunistas, socialistas, RINOs, Never-Trumpers, Biden Bros, ANTIFA, personas con TDS, etc.?

Si en la campaña de Biden tienen certeza sobre su posibilidad de alzarse con la victoria en los comicios, correcto sería que exijan una investigación a las alegaciones de fraude e irregularidades, pues eso legitimaría su posición y eliminaría la “sombra” que actualmente cubre esas elecciones y que cubriría su posible presidencia.

Si no hay transparencia, permanece la sombra… y luego habrá oscuridad… y es ahí donde muere la democracia.

El autor es abogado y notario público, socio director de García & Bodán (Managua, Nicaragua) y director regional de la Práctica Corporativa y Transaccional.

Opinión democracia oscuridad archivo
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