En el camino de la historia siempre ha habido y seguirán habiendo muchos insensatos y muchos prudentes. Mucha gente responsable y otra mucha que no lo es. Mucha gente dormida en los laureles y otras personas con los ojos bien abiertos, como nos dice la Parábola de las diez vírgenes (Mt. 24, 1- 13).
Hay un refrán que dice: “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”. No podemos dormirnos en los laureles, sino estar siempre con los ojos bien abiertos para que en nuestra vida, en nuestra sociedad, en nuestra Iglesia, todo marche como deber ser. Es decir, no podemos caminar en la vida como las vírgenes insensatas que, en vez de esperar al novio bien despiertas, se echan a dormir sin responsabilidad alguna. Tenemos que ponernos las pilas y tenerlas bien cargadas.
Vivimos en una sociedad que no sabe o no quiere ir por los caminos de una vida honrada, justa y solidaria; cada vez abundan más los irresponsables a quienes no les importa para nada que esa vida se desarrolle de una manera digna para todos. Estamos construyendo una sociedad en la que muchos nos lavamos las manos esperando solo a ver, si por casualidad, vienen buenos dirigentes que arreglen nuestros problemas, mientras nosotros nos dormimos como las vírgenes necias del Evangelio (Mt. 25, 5).
Necesitamos estar bien despiertos para que nuestros pueblos no caigan en manos de insensatos e irresponsables a quienes para nada les importa el bien de los demás, sino solo el bien de sí mismos.
La parábola nos avisa a todos para que no caigamos en el sueño irresponsable de las cinco vírgenes necias e insensatas, sino en la responsabilidad de las cinco prudentes (Mt. 25, 1-13).
El prudente no duerme, el prudente vela. El prudente es aquella persona que sabe qué camino tiene que tomar y se lanza a caminar por él. El prudente es esa persona que goza de sensatez, de cordura y de buen juicio.
El prudente es responsable y, por eso, siempre está vigilante. Para el libro de los Proverbios el prudente: es sabio (Prov. 10, 13), sabe moderar sus palabras (Prov. 10, 19), sabe comportarse (Prov. 13, 16) y sabe aceptar cualquier corrección (Prov. 15, 5). La prudencia evita muchos disgustos.
Jesús llama prudente a aquella persona que sabe escuchar la palabra de Dios y llevarla a la vida (Mt. 7, 24-25) y a aquel que siempre es fiel y sabe estar en su sitio (Mt. 24, 45-47). Solo el prudente es sabio. El prudente es feliz. El retrato de la persona prudente es totalmente contrario a la persona insensata y necia. El insensato es esa persona imprudente, necia, alocada, irresponsable e inmadura.
Los Proverbios dicen que el “insensato”: desprecia la sabiduría (Prov. 1, 7). Se goza con la maldad (Prov. 10, 23). Se comporta como un loco en la vida (Prov. 26, 10). Jesús, a su vez, llama insensato: a quien no le importa arruinar su vida porque es incapaz de poner las bases en las que debe asentarla, que son los valores del evangelio, “edifica su casa sobre arena” (Mt. 7, 26-27).
Al irresponsable, al que no toma la vida con la seriedad que se merece (Mt. 24, 48-51). A los escribas y fariseos porque han invertido el orden de los valores dándole importancia a aquello que no la tiene y menospreciando aquello que es primordial (Mt. 23, 16-22).
La enseñanza de la Parábola de las diez vírgenes es bastante clara: “Velen, pues, porque no saben el día ni la hora” (Mt. 25, 13). Nada, pues, de dormirnos en los laureles; necesitamos ser prudentes, tener que ponernos bien las pilas para que nada ni nadie nos agarre de improviso y podamos caer en sus trampas, malogrando nuestra vida o la vida de los demás.
Los necios llegamos siempre demasiado tarde a todo, no tenemos las pilas encendidas. Lo nuestro es tener la actitud de las vírgenes prudentes para que así podamos entrar en el banquete de bodas, en el banquete de la vida. La prudencia es el más excelso de todos los bienes.
El autor es sacerdote católico.