En 1990, cuatro factores confluyeron para amalgamar una unidad muy diversa que se llamó la Unión Nacional Opositora (UNO), la que escogió de candidata a mi madre, Violeta Barrios de Chamorro, quien obtuvo una contundente victoria electoral con el 54.7 por ciento de los votos contra el 40.82 por ciento del Frente Sandinista de Daniel Ortega.
Los cuatro factores que empujaron hacia la unidad fueron: una prolongada guerra civil en la que no se perfilaba un seguro ganador; Esquipulas II y el acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Soviética y una profunda crisis económica que generó hiperinflación y pobreza extrema.
Para aclarar a la gran mayoría de la población, que no había nacido entonces, no fue una unidad total: hubo 8 partidos que corrieron separados del núcleo de la UNO y del FSLN, pero en su totalidad obtuvieron apenas un 4 por ciento de los votos y solo dos de los 8, el Partido Social Cristiano de Erick Ramírez con el 1.18 por ciento y el Movimiento de Unidad Revolucionaria de Moisés Hassan con el 0.78 por ciento lograron un diputado respectivamente en la Asamblea Nacional; en cambio, la UNO obtuvo 51 y el FSLN 39.
Un cuarto factor para alcanzar la unidad en la diversidad de la UNO fue coyuntural: la proximidad de las elecciones.
La coalición de la UNO fue constituida oficialmente el 6 de junio de 1989 y su reglamento aprobado el 20 del mismo mes, es decir, pocos meses antes de las elecciones del 25 de febrero de 1990 y cuando ya se había dado el “pitazo electoral”. Su nacimiento es posterior a los acuerdos de Esquipulas II y se da ante un panorama electoral que ya cuenta con el aval de la comunidad internacional.
Tras la salida de la Alianza Cívica de la Coalición Nacional y haciendo frente a los vientos mediáticos de pesimismo político que en ciertos sectores ese evento produjo, el doctor Edmundo Jarquín, excandidato a la vicepresidencia en el 2011 por la Alianza PLI, analizó el hecho con prudente optimismo.
Dice el doctor Jarquín en un artículo publicado el sábado en LA PRENSA y en una entrevista al Canal 10 la semana pasada, que los factores que son incentivos para la unidad no han cambiado: la represión galopante, los muertos de abril, los presos políticos y tampoco ha cambiado el contexto internacional totalmente desfavorable para la dictadura.
Yo diría que habría que agregar como factor aglutinante la crisis económica que nuevamente Ortega ha sumido al país y el factor coyuntural que tiene que ver con la certeza del cómo serán las elecciones del 7 noviembre del 2021.
Trazando un paralelismo de los factores que incentivan la unidad con las elecciones de 1990, vemos que si bien no está presente el factor de una guerra civil, tenemos la insurrección cívica de abril con todos sus muertes y presos políticos y el estado de represión permanente que ha convertido a Nicaragua en un estado policial. Tenemos la crisis económica que se profundiza, las condiciones internacionales favorables y la proximidad de las elecciones o el factor coyuntural.
La reciente salida de la Alianza Cívica de la Coalición Nacional no debe ser tomada por lo tanto como el fin de un esfuerzo unitario, mucho menos la razón por la que 4 de sus integrantes se salgan de la Alianza Cívica por solo el hecho de haber perdido —con sus propias reglas de juego— en una votación calificada. Malos perdedores.
Ciertamente lo que hay es un reacomodo natural de fuerzas opositoras, que incluso también está ocurriendo dentro de la misma UNAB, en que la Alianza de Jóvenes y Estudiantes Nicaragüenses (JEN) y la Red de Activistas Nicaragüense (Reacnic) han abandonado su membresía a partir del lunes pasado, pero no es el fin del mundo, ni de la meta unitaria. Por eso me sumo al prudente optimismo del doctor Jarquín.
El autor es periodista, exministro y exdiputado.