Amar sin medida

El amor es la base de la fe: “Escucha, Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt. 6, 5).

La fe se traduce en compromiso en el prójimo: “No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (Lev. 19, 18).

El amor a Dios y el amor al prójimo van juntos, de la mano. Para Jesús, el amor a Dios y el amor al hombre forman un matrimonio sin divorcio.

Nadie puede decir que ama a Dios, si no ama a su hermano.

San Juan había entendido muy bien el lenguaje de Jesús y, por eso, nos dice con toda claridad: “Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y odia a su hermano, es un mentiroso… Nosotros hemos recibido de él este mandamiento: Quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn. 4, 20-21).

Una vez más Jesús nos hace ver que todo lo humano le interesa a Dios, así como todo lo divino debe interesarnos a los hombres.

Lo humano y lo divino van siempre de la mano para Jesús, así como también debe serlo para nosotros; por eso, nos dijo en otra ocasión:

“Cuanto hagas a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo haces” (Mt. 25, 40).

Es ley de lógica: Si Dios es Padre y Padre que solo sabe amar hasta lo último a sus hijos, solo desea ver que sus hijos se aman de verdad mutuamente.

Y, si los hijos aman al Padre común, deben saber que la única manera de demostrar ese amor al Padre es comportarnos todos como verdaderos hermanos, unidos todos en un solo corazón.

Amar a Dios, nuestro Padre, por lo tanto, es amar al hermano y amar al hermano es amar a Dios, muestro padre común. este es el fundamento de la vida cristiana. La base de toda Ley (Mt. 22, 40).

Amar a Dios y amar al hermano es una misma cosa. (Mt. 22, 34-40).

El amor a Dios y el amor al hermano están estrechamente unidos.

El amor de Dios y el amor al prójimo son dos hojas de una puerta que solo pueden abrirse y cerrarse juntas.

El sacerdote y el levita de la parábola pretendían amar a Dios prescindiendo del amor al prójimo que estaba herido en la vera del camino (Lc. 10, 31-32); pero el amor a Dios que prescinde del hermano, es un falso amor.

Solo el Samaritano que se acercó al herido y se preocupó por él, fue quien verdaderamente amaba a Dios, como Jesús nos enseña en la parábola.

Vivir es amar y amar es vivir. Donde no hay amor, la vida falla, es una pobre vida.

Al decir “creo”, estamos diciendo que hemos optado por el amor, por poner todo nuestro corazón en Dios y en los hijos de Dios, nuestros hermanos: “Quien no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn. 4, 8).

“Yo siempre he creído que el mejor medio de conocer a Dios es amar mucho.

En el amor a Dios tenemos que poner: “Todo nuestro corazón, toda nuestra alma, toda nuestra mente” (Mt. 22, 37).

Y el Padre es el primero que no falla en cumplir con esta ley, Él “nos amó primero” (1 Jn.4, 19).

Por tanto, el amor a Dios y el amor al hermano solo tiene una medida, amar sin medida.

Así nos ama Dios, así nos amó Jesús y así debemos amar nosotros a Dios, amarnos a nosotros mismos y a los demás:

Sin medida.

El autor es sacerdote católico.

Opinión amor Dios Jesús archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí