Estados Unidos vive una batalla ideológica intensa. Republicanos y demócratas protagonizarán el 3 de noviembre una histórica colisión. La pugna es entre dos visiones antagónicas sobre la nación norteamericana y su rol global.
Estas corrientes reciben el nombre de patriotismo y globalismo. Versiones similares se manifiestan en otros países. Siendo un tema amplio, abordo lo que me parece fundamental del caso estadounidense.
El patriotismo, encabezado por Trump y su partido, prioriza correcciones a la llamada globalización, retorno de fábricas al país, solidez económica y prosperidad, liderazgo militar mundial, control de fronteras y regulación de inmigración, rescate y fortalecimiento de valores tradicionales, libertad religiosa, rechazo al aborto, imperio de la ley y el orden, retiro de tropas donde no sean necesarias, intervenciones militares solamente que seguridad nacional o conciudadanos sean amenazados, cero tolerancia al terrorismo, respeto al derecho constitucional de compra y portación de armas, reducción de impuestos y burocracia gubernamental, mayores oportunidades a pequeños y medianos negocios, movilidad social con base al talento y esfuerzo, revisión de la generosa ayuda internacional, etc.
Aunque quizás Trump no tenía estrategias afinadas al inicio de su gestión, las ha logrado tras renovar buena parte de su gabinete y colaboradores. Durante el 73 periodo de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas (N.U.) en 2019, afirmó claramente: “Estados Unidos está gobernado por los estadounidenses”, agregando “rechazamos la ideología del globalismo, y abrazamos la doctrina del patriotismo”.
El globalismo, en este caso atribuido a Biden y/o su partido, promueve el relativismo moral, el aborto (más de 60 millones de niños y niñas en EE. UU. y contando), tolerancia de inmigración desordenada, restar fondos y recursos a fuerzas policiales, hacer de la gratuidad general una política de estado, etc. Se añade legado del expresidente Barack Obama —del cual Biden fue vicepresidente—, sus acuerdos económicos y políticos con Irán y Cuba, pasividad ante regímenes de Venezuela y Nicaragua. Muchas de sus figuras se han declarado socialistas, como el senador Bernie Sanders y la representante Alexandria Ocasio Cortez, quien con sus colegas Ilhan Omar, Ayanna Pressley y Rashida Tlaib han promovido el cierre del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). Legisladores demócratas liderados por Nancy Pelosi en la Cámara de Representantes, y Charles Schumer en el Senado, han torpedeado a Trump desde antes de su toma de posesión, evidenciando la magnitud de la disputa que ha llegado sin pudor a todos los espacios y niveles.
La “aldea global” de Marshall McLuhan en años sesenta, bandera de una atropellada globalización no limitada al comercio, sino que ha pretendido alterar cultura, religión, tradiciones, valores y más de los pueblos, imponiendo de paso una carga económica a EE. UU., ha encontrado en Trump un reto extraordinario, muy difícil de vencer.
El autor es periodista.