En América Latina, las dictaduras siempre han sido el caldo de cultivo de revoluciones. Sean de izquierda o de derecha. De ahí que estas no puedan producirse por decreto, sino que son el resultado de una acumulación de fuerzas que, como un volcán, se van amalgamando en la conciencia de los pueblos hasta estallar estrepitosamente, no siempre con buenos resultados.
En mi concepto, existen dos razones fundamentales por las que estas se han producido en nuestra América: la primera es la que el destacado ideólogo del Partido Liberación Nacional (PLN) costarricense, doctor Enrique Obregón Valverde, en un artículo publicado hace algún tiempo titulado Encanto y Desencanto, nos recuerda lo que algunos autores llaman “desencanto democrático”, y la segunda, es a mi modo de ver la falta de elecciones libres, justas y honestas que prohíjan algunos gobiernos con el único afán de continuar en el poder, negándole a sus pueblos el derecho a elegir a sus propios y legítimos gobernantes.
En el primer caso, expresa el doctor Obregón: “Comienza a nacer un estado de insatisfacción general, de desilusión, porque las ansiadas reformas no llegan o sufren una demora inesperada. A la par, los ciudadanos contemplan, con gran sorpresa, que entre los sectores de la dirigencia política que levantaban banderas de reivindicación social se aprecian riquezas inexplicables. O sea que, con la promesa incumplida aparece la corrupción”.
En el segundo caso, considero que cuando se le niega a un pueblo el derecho a escoger a sus autoridades o gobernantes, se exacerban los ánimos, las masas se enfurecen y huérfanos de una alternativa cívica para resolver sus problemas, no les queda más recurso que la revolución.
Si estudiamos el caso de la Revolución mexicana, por ejemplo, tenemos que el dictador Porfirio Díaz, que ya tenía 34 años de estar gobernando despóticamente, se había comprometido públicamente a no volver a reelegirse en 1910, no obstante, lo hizo. Desató la represión mandando a encarcelar a los opositores y uno de ellos que encabezaba el Comité Anti-Reelección —llamado Francisco I. Madero— se escapó de la cárcel, se puso al frente del movimiento revolucionario bajo el lema: Sufragio Efectivo-No Relección, y triunfó.
Otro caso interesante es el de la Revolución del 48 en Costa Rica. Varios años antes se venían impulsando reformas a la Ley Electoral para garantizar la pureza del sufragio, pero parece que no fueron suficientes. El 8 de febrero de 1948 se realizaron elecciones generales resultando vencedor, según el Tribunal Nacional Electoral, el opositor Otilio Ulate Blanco de Unión Nacional. El candidato oficialista, Rafael Calderón Guardia, respaldado por el gobierno, alegó fraude y demandó la nulidad de dichos comicios, lo que logró por tener mayoría su partido en el Congreso (Asamblea Legislativa). El 12 de marzo siguiente se levantó en armas desde su hacienda La Lucha el agricultor José Figueres Ferrer y acompañado de 17 hombres se dirigió a San Isidro del General, donde comenzó su movimiento revolucionario alegando que se le quería escamotear el triunfo a su correligionario. Un mes y medio después, el 28 de abril del 48, precedido de sangrientos combates, Don Pepe, como se le conocía popularmente, entró triunfante en San José, la capital, y consolidó la democracia representativa que hasta hoy es motivo de orgullo de los costarricenses.
Con los reiterados abusos que a diario comete la dictadura de los Ortega-Murillo, aprobando leyes inicuas en la Asamblea Nacional, torturando a los presos políticos, coartando la libertad de expresión y negándose olímpicamente a dialogar para encontrar una salida pacífica a la crisis, lo que están haciendo es incubar otras salidas que, por ser de funestas consecuencias para todos, nadie quiere y nadie desea.
Los pueblos como las personas tienen su límite de tolerancia. Ojalá que los responsables de tantos atropellos cesen en su brutal empeño y dejen de seguirle echando leña al fuego, porque de lo contrario:¡Que Dios salve a Nicaragua!
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).