La evolución del abogado

Al recorrer, alumbrados por la historia, los caminos que la humanidad ha seguido dándose leyes en busca de una vida tranquila, próspera y feliz, no puede menos que admirarse como lentamente, tras largos siglos de sombra, el abogado ha ido surgiendo hasta aparecer fulgurante en la época moderna que camina en pos de un ideal de completa regeneración.

A propósito de la conmemoración este 29 de septiembre de la declaración del Día Nacional del Abogado y la Abogada, conviene remembrar la significación de ser abogado y en qué consiste el ejercicio de su oficio.

Abogado es el participio pasivo del verbo abogar que significa defender de palabra o por escrito antes los tribunales, o interceder a favor de otro. También quiere decir defensor, letrado, hombre de ciencia, persona de consejo, versada en la erudición del Derecho y en la crítica de los códigos según los principios iusfilosóficos.

La palabra abogado procede de la latina advocatus, que significa llamado, porque antiguamente los romanos acostumbraban a llamar en los asuntos difíciles, para que los auxiliasen, a las personas que tenían un conocimiento profundo del Derecho. Barcia, en su Diccionario de sinónimos dice: “El abogado debe ser probo, diligente, entusiasta; el letrado, estudioso; el jurisconsulto, prudente; el jurista, erudito. Hay muchos abogados, no hay tantos letrados, hay pocos jurisconsultos, es muy raro encontrar un jurista”.

Comúnmente se estima que la profesión de abogado surge desde la primera división del trabajo y a partir de la existencia de reglas obligatorias de conducta cuyo cumplimiento se exigía. Los historiadores afirman que Atenas fue la primera escuela del Foro, donde la abogacía se convirtió en una verdadera profesión, y que Pericles fue el primer abogado profesional. El legislador Solón reglamentó la abogacía, atribuyéndole carácter religioso y la institución se desarrolló ampliamente por la oportunidad que daba el Areópago para que los defensores cultivaran sus dotes oratorias e hicieran gala de sus conocimientos.

En la sociedad romana —que no todo fue escuela de maravillas—, las mujeres desempeñaron la profesión de abogado hasta que les fue prohibido por edicto, debido a los excesos de palabra y obra de Caya Afrania —demasiado viva de ingenio—, acostumbraba a molestar al pretor con la violencia de sus arengas. En Roma, al igual que en Atenas, se reglamentó la abogacía determinándose en el Digesto que la edad mínima exigida para ejercerla era diecisiete años y el emperador Justiniano exigió además que los que se dedicaren a la abogacía estudiasen Derecho por no menos de cinco años.

Actualmente, el abogado es un profesional del Derecho cuya actividad, sometida a requisitos académicos y legales, puede consistir en prestar asesoramiento jurídico, dar forma a la voluntad de sus clientes de modo que pueda producir efectos jurídicos (redactando, por ejemplo, convenios y acuerdos) o defender sus intereses representándolo en negociaciones con terceros, en procedimientos administrativos y en procesos ante los tribunales.

La relación contractual existente entre abogado y cliente se desenvuelve normalmente en el marco de un “contrato de gestión que la jurisprudencia extranjera construye —de modo no totalmente satisfactorio—, con elementos tomados del arrendamiento de servicios y del mandato”.

La parcialidad y el deber de defensa del cliente —que constituye el nervio esencial de la función del abogado— impone no solo un deber de lealtad hacia este, sino también la obligación de respetar frente a los tribunales y a terceros el deber de probidad e integridad.

EL AUTOR ES ABOGADO Y NOTARIO.

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