En el mundo actual hay distintas formas de enfocar la vida. Una de ellas es: sin muchas complicaciones. Llevar una vida tranquila, sin arriesgar mucho. Vivir al estilo del rico inconsciente que se decía a sí mismo: “Alma mía, descansa, come, bebe, pásalo bien…” (Lc. 12, 19).
Gozar de todo sin privaciones algunas: “Comamos y bebamos que mañana moriremos.” (1 Cor. 15, 22). Sin complicarse mucho la vida y cuantas menos preocupaciones mejor. Este es el estilo de vida que proclama Pedro, cuando le dice a Jesús: “Mira, Señor, quítate eso de la cabeza… Nada de pensar en cruces… Tú a vivir” (Mt. 16, 22).
El otro estilo de vida que aparece en el evangelio es el que vive Jesús: consiste en afrontar la vida con toda responsabilidad, sin eludir riesgos, ni cruces, ni contradicciones posibles. Jesús es consciente de que la vida se pierde, cuando decimos: “Vamos a gozar de la vida”. Jesús es consciente de que la vida se gana, cuando se vive con responsabilidad y aceptamos sus consecuencias, sean las que sean.
Vivir la vida es una meta y a la meta solo es posible llegar con esfuerzo, con sudor y hasta con agotamiento y cruz. Nadie puede llegar a la meta sin hacer nada. Vivir es luchar. Por eso, Jesús tiene una meta en su vida y su deseo es que se lleve cabo: Cumplir con la voluntad de su Padre que es construir el Reino… Él es consciente de que solo se puede conseguir esa meta a base de lealtad y fidelidad, aunque eso le suponga la cruz.
Hoy se educa para lo “facilísimo”. Lo “facilísimo” es una senda que conduce siempre a la pobreza, al conflicto y a la frustración. No queremos nada que huela a cruz, trabajo, sacrificio. Fácilmente huimos de nuestras responsabilidades y de cualquier esfuerzo. Dice Jesús: “La puerta ancha y el camino amplio conducen a la perdición…; pero angosta es la puerta y estrecho el camino que conducen a la salvación”. (Mt. 7, 13-14). El Eclesiástico dice: “No te fíes de los caminos fáciles”. (Eclo. 32, 21).
Jesús nos habla bien claro. No está de acuerdo con la forma de reaccionar de Pedro, cuando Jesús habla sobre su muerte: “¡De ningún modo te sucederá eso!” (Mt. 16, 22). Jesús tiene que decirle unas palabras muy duras: “¡Quítate de mi vista, Satanás!” (Mt. 16, 23).
Pedro pensaba como todos nosotros (Mt. 16, 23). No le importaba sino una vida cómoda y sin problemas. Pedro estaba siendo un “escándalo” para Jesús (Mt. 16, 23): pretendía llevarlo por los caminos de los hombres y no por los caminos de Dios. (Mt. 16, 23).
Para Jesús, el gran valor de la vida es la fidelidad al Padre y a los hombres, aunque esto conlleve cruces y lágrimas. Termina Jesús diciendo a sus discípulos que el que quiera seguirle y sea fiel como Él, no tendrá más remedio que experimentar algunas, o muchas veces, el sinsabor de la cruz (Mt. 16, 24). Vivir es tomar decisiones y asumir las consecuencias.
Decía Walt Whitman: “No dejes que termine sin haber crecido un poco, sin haber sido un poco más feliz, sin haber alimentado tus sueños. No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el derecho de expresarte que es casi un deber. No abandones tus ansias de hacer de tu vida algo extraordinario… Disfruta el pánico que provoca tener la vida por delante… Vívela intensamente, sin mediocridades. Piensa que en ti está el futuro y en enfrentar tu tarea con orgullo, impulso y sin miedo. Aprende de quienes pueden enseñarte… No permitas que la vida te pase por encima sin que la vivas…”.
El autor es sacerdote católico.