Discrepancias vs. monolitismo

Las controversias y discrepancias en la oposición —que no termina de ponerse de acuerdo en “la arquitectura” de la Coalición Nacional, o sea su modo de organización y toma de decisiones—, producen reacciones encontradas según sean las personas, opositoras o partidarias de la dictadura.

Entre los desafectos al régimen, los interminables desacuerdos en la oposición provocan molestias en algunos y desaliento en otros. En la otra acera, los adeptos a la dictadura y los comunicadores oficialistas se alegran por las discordias opositoras y se ufanan de la solidez monolítica que enseña su régimen. Creen que porque en el partido gobernante y el aparato del gobierno y el Estado nadie cuestiona lo que hacen y dicen Daniel Ortega y Rosario Murillo, son invencibles ante una oposición que según ellos nunca podrá superar sus discrepancias.

Pero la verdad es que el monolitismo político y el pensamiento único, característicos de la dictadura, no son cualidades superiores como ellos creen. Más bien son una aberración y una falla estructural que a la larga los llevarán a su perdición. Por el contrario, la diversidad de pensamiento y la riqueza de opiniones en la oposición, que motivan sus controversias permanentes, no son un defecto como creen los partidarios de la dictadura sino una virtud preeminente de la democracia.

El monolitismo es la “rigidez de una estructura política e ideológica”, define y resume el diccionario de la lengua española. Y como es bien sabido, lo rígido dura algún tiempo pero más temprano que tarde termina por quebrarse debido a su misma dureza. En cambio, la flexibilidad y la libertad de pensamiento, opinión y discusión, que son características de la democracia y por consiguiente de los partidos y movimientos democráticos, garantizan su capacidad de renovación y su permanencia.

Reconociendo la superioridad del sistema democrático sobre el dictatorial, algunos eminentes teóricos marxistas han intentado fusionar ambos conceptos y sistemas e intentar de esa manera que la dictadura comunista perdure. Un caso ejemplar ha sido el teórico marxista húngaro György Lukacs (1885-1971), quien quiso sustituir el concepto “dictadura del proletariado” con el de “dictadura democrática”, para hacer más aceptable o menos odioso el comunismo que fue instaurado en su país al finalizar la II Guerra Mundial. Pero fracasó en el intento.

Inclusive, según indica José Luis Velázquez Pereira en su libro, Nicaragua, sociedad civil y dictadura, en la teoría marxista-leninista la dictadura es concebida “como un medio para alcanzar la democracia en la sociedad sin clases”.

Pero no lo consigue, dice el intelectual democrático nicaragüense, porque “la vanguardia leninista se acostumbra tanto a los privilegios como al ejercicio del poder absoluto, y se olvida del objetivo último de la revolución”, que supuestamente “es el establecimiento de la democracia”.

Cuando la primera dictadura sandinista, de 1979 a 1989, algunos comandantes de la revolución decían en sus discursos que en Nicaragua había una “dictadura democrática del pueblo”. Era solo una frase hueca para disfrazar la dictadura de modelo cubano que impusieron después que derrocaron a la dictadura somocista.

Editorial discrepancias archivo
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