La salida electoral

El mensaje de los voceros de la política exterior de Estados Unidos (EE.UU.) y de la Unión Europea (UE) ha sido claro: elecciones libres, con estándares y supervisión internacionales, son la forma de solucionar la crisis en Nicaragua.

Se descarta cualquier adelanto de los comicios, así como la idea de un gobierno provisional o un derrocamiento por otras vías. A cambio, se espera significativas reformas electorales.

Ni Hugo Rodríguez, ni el embajador Sullivan, ni Josep Borrell han dicho qué pasará cuando Ortega apruebe sus cambios cosméticos y despliegue la carpa de un nuevo circo electoral; o decida, bajo cualquier pretexto, suspender las elecciones.

¿Qué medidas está dispuesta a tomar la comunidad internacional, para llevar a Ortega al escenario de la salida pacífica electoral? Las sanciones individuales y el bloqueo en los organismos financieros, hasta hoy, han sido inefectivos; más de lo mismo, no garantiza resultados diferentes. ¿Qué medidas podrían obligar a Ortega a negociar?

El desconocimiento de un gobierno resultante de elecciones fraudulentas, o sin participación de la oposición democrática, sería una respuesta lógica.

Una medida similar ha sido aplicada a Maduro y ha probado, sin embargo, sus debilidades e ineficacia. Se desconoce como presidente al déspota venezolano, pero se mantiene relaciones “de hecho” con su gobierno, ante la inconveniencia de romper todas las comunicaciones.

Las elecciones de 1984 en Nicaragua, a pesar de la no participación de la oposición democrática, no llevaron al desconocimiento de Ortega y tampoco lo hicieron las de 2016, de las que aquella fue excluida. En Naciones Unidas más de un centenar de países, apoyados por Rusia y China, seguirían reconociéndolo. El desconocimiento podría verse acompañado de juicios contra Ortega por delitos de lesa humanidad y, asimismo, de sanciones financieras contra su persona; pero ninguna de estas medidas, per se, asegura su derrocamiento o renuncia. Eso sería posible únicamente a través de un golpe de Estado inducido por presiones hacia el ejército o de acciones militares directas, como las llevadas a cabo contra Noriega en Panamá, carentes de condiciones para llevarse a cabo y menos probables tras un eventual control demócrata de la Casa Blanca.

Las condiciones electorales no caerán del cielo a golpe de oraciones ni vendrán como una concesión graciosa del tirano. Para lograrlas, no solo se requieren medidas internacionales de otro tipo sino, también, formas de resistencia interna más efectivas y menos vulnerables; una estrategia coordinada y nuevas tácticas, que solamente una dirigencia lúcida y valiente será capaz de sacar adelante.

La principal tarea es superar la crisis de liderazgo, incubada al abrigo de la inmovilidad forzada por la pandemia, la incertidumbre de las elecciones en los EE.UU. y los errores cometidos en el proceso de unidad, que urge corregir cuanto antes.

El autor es jurista y diplomático retirado.

Opinión
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