El próximo año, Nicaragua cumplirá doscientos años de independencia y es triste reconocer que la patria soñada por sus próceres, se ha convertido en una quimera, un remedo de país ridiculizado, diezmado por la opresión, la autocracia y el subdesarrollo.
Históricamente, desde los primeros albores de la creación de la República, el pueblo ha sido manipulado sistemáticamente por los poderosos. Aquellos “nuevos ciudadanos” que habían pasado de la condición de servidumbre en los señoríos españoles y hacendados criollos, fueron utilizados de forma voluntaria o no, como carne de cañón. Desde las primeras guerras entre conservadores y liberales, hasta los nuevos conflictos, en los que miles ofrendaron sus vidas con el sueño delirante de libertad, igualdad y justicia; logros que han quedado en ilusiones, sangre derramada en vano.
Desde siempre, la población sufre dilaciones de toda índole. Su estatus social paupérrimo y miserable se asocia con indigencia, incultura, escasez de servicios, analfabetismo, hacinamiento, desnutrición, machismo, violencia y todos los males que pudiera atribuírsele a una población que ha sufrido el abandono histórico de los gobernantes de cuanta tendencia política podría tenerse registro.
El ciudadano común ha sido estigmatizado, relegado a condición de residente esclavo de quinta categoría y etiquetado erróneamente como un individuo carente de inteligencia, conciencia o sentido común. Con la ilusión por la promesa de mejoras en su nivel de vida, la población ha sucumbido al espejismo del bienestar citadino y la migración. Algunos de origen campesino y humilde, replican en la ciudad la pobreza y sus consecuencias se recrudecen ante la realidad de la xenofobia, el desempleo, exclusión, discriminación y en su efecto, la miseria extrema.
La guerra entre nosotros hace prevalecer nuestra miseria humana. Una batalla permanente que desuella el alma de un país entero, sometido a los caprichos de los violentos, los temerarios, los corruptos, inquilinos que roban un país de propiedad ajena, sin inmutarse de vergüenza, puesto que esta patria es nuestra.
Por la guerra entre nosotros hemos perdido vidas, talentos, territorios, recursos naturales y principalmente, la libertad. La apología al caudillismo rancio, la ignorancia, la violencia y la hipocresía de la conveniencia nos mantiene atados al atraso.
Jóvenes, campesinos y la sociedad civil se han percatado de su desgracia. Han buscado renovar la dirección de un país en ruinas, una nación disminuida a la condición de indigencia por la voluntad de unos pocos, saqueada y privada de libertad. Pero la historia como siempre, peligrosamente presenta la tendencia a repetirse.
La guerra entre nosotros se abre paso entre los despojos de la sangre aún caliente, de aquellos que ofrendaron sus vidas atesorando un sueño efímero de libertad. Tiranos, líderes y sus némesis, siguen ofendiendo la inteligencia del humilde y creen que el nicaragüense es el mismo indígena descalzo, ingenuo e inocente, que han engañado desde hace casi doscientos años.
Estamos anclados al pasado, en el contexto fatídico donde una pandemia ha sido detonante de una crisis que pone en evidencia a una sociedad global, deshumanizada, egoísta, materialista y superficial; cuya debacle acentúa la avaricia, la hipocresía, la pobreza y la miseria humana.
Lo cierto es que, dejar que la injusticia prevalezca, es ser cómplices mudos de una historia recurrente y fatídica, que se repite nuevamente por tiempo indefinido, mientras el pueblo se siga acostumbrando al yugo de la esclavitud, la violación de sus derechos humanos, el sacrilegio a su fe cristiana y transite por senderos de la incultura y el subdesarrollo.
Tener la ilusión de que la guerra entre nosotros termine es la esperanza, es la premisa de la promesa que hemos incumplido todas las generaciones.
El autor es especialista en desarrollo sostenible territorial y rural.
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