Sembrar y esperar

La esperanza de una buena cosecha es el anhelo, el motivo del esfuerzo y de la perseverancia del trabajo del campesino. Cuando tenemos los frutos nos llenamos de alegría y es bendición una abundante cosecha.

Para Jesús es la hora de Dios que llega. Jesús había sufrido el fracaso entre sus parientes y vecinos de Nazaret. No le creían porque era “el hijo del carpintero” (Mt. 13, 55). Su prédica parecía inútil, pues, como decía el mismo Jesús: “Solo el profeta es rechazado en su tierra” (Mc. 6, 5-6).

Jesús era consciente de que no solo su prédica parecía caer en tierra seca, sino que además se iba creando un ambiente de hostilidad en torno a su persona: “Fariseos y publicanos se confabulaban para eliminarle” (Mc. 3, 6).

Más aún, Jesús sufrió la gran decepción de sus mismos discípulos, cuando le dijeron: “Duro es este lenguaje ¿quién puede escucharle?” (Jn. 6, 6). Ante estas experiencias desoladoras, Jesús expone a sus discípulos la parábola de la esperanza, la parábola del sembrador: “Miren el sembrador, podría haberse desanimado ante los reveses y obstáculos que amenazaron y destruyeron su siembra; sin embargo, no se desanimó, estaba seguro de que, a pesar de todo, llegaría la cosecha. Jesús era consciente de lo que decía el profeta Isaías: “La Palabra de Dios siempre es eficaz y nunca vuelve a él vacía” (Is. 55, 11).

Muchas veces somos demasiado dados al pesimismo; creemos que no vale la pena luchar, que nadie nos hace caso, que es inútil esforzarnos por los demás y nos abandonamos al pesimismo. Medimos la vida con el tiempo y con el espacio, cuando Dios no tiene medidas tan cortas. El pesimismo nunca ha ganado ninguna batalla. La esperanza nunca se puede perder porque el fruto siempre llega más tarde o más temprano. Por eso, decía Pablo Neruda:

“Queda prohibido no sonreír a los problemas, no luchar por lo que quieres, abandonarlo todo por miedo, no convertir en realidad tus sueños”.

Las primeras comunidades cristianas pasaban por graves dificultades: el pueblo judío no quería recibir la Palabra de salvación; más aún persiguen a quienes confiesan que Jesús es el Señor. Algunos de los cristianos, ante esta situación, ven que su fe se tambalea. La parábola del sembrador les sirve entonces como motivo de aliento para no caer en el desánimo y como un toque de alerta para que la Palabra de Dios no caiga en saco roto.

Hoy existen también muchos motivos que nos pueden llevar al desánimo y pesimismo: padres de familia sin trabajo y sin esperanzas de tenerlo; que creen que el esfuerzo que han realizado por sus hijos ha sido vano. Jóvenes que desean cambiar el mundo y se sienten impotentes porque todo es dificultad y obstáculos.

Existen a nuestro alrededor muchas circunstancias que pueden ahogar la Palabra. ¡Es verdad! Pero cuando se lucha con esperanza y alegría, siempre se da el fruto. Cuando se siembra con ilusión, la Palabra se convierte en abundante cosecha. Quien no siembra, nunca recogerá. Solo quien es capaz de echar la semilla, puede tener la esperanza del fruto de su siembra.

Opinión
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