Abre la puerta

Actualmente la palabra “puerta” es un término permanente en nuestro lenguaje cotidiano: salimos de casa y, si alguien lleva las llaves, le decimos: “Cierra bien todas las puertas”.

Si vamos a salir y se quedan niños en la casa les insistimos diciendo: “Cuidado mis hijitos; no le abran las puertas a nadie”. Si nos encontramos con el vecino y de lo que hablamos es de la inseguridad en que vivimos, les decimos: “Yo le he puesto todos los cerrojos habidos y por haber a mi puerta”.

Si salimos del carro y vemos que alguien ha dejado alguna puerta abierta, le decimos en seguida: “Mi hijito, cierra esa puerta; ¿no ves que la has dejado abierta?” Si llega algún amigo querido a nuestra casa, al abrirle la puerta y saludarle le decimos: “Entra; estás en tu casa; todas las puertas están abiertas para ti”. Como se suele decir: “Amistades que son ciertas, mantienen las puertas abiertas”. Sin embargo, si alguien llama y es un desconocido, le dejamos que queme el timbre, pero no le abrimos la puerta.

La puerta es todo un símbolo: de acogida o de rechazo, de defensa o desamparo, de seguridad o de peligro, de solidaridad o egoísmo, de confianza o menosprecio. Abrir la puerta a alguien es como decirle: “Sabemos quién eres; confiamos en ti. Entra; esta es tu casa. ¡Qué ilusión que nos veamos, de nuevo, para compartir juntos!” Abrirle las puertas a alguien es como abrirle nuestro corazón.

Sin embargo, cerrarle las puertas a alguien es como decirle: lo siento, pero no puedo ahora, estoy demasiado atareado. Nada queremos contigo; nos molesta tu presencia. Aquí no tienes sitio.

Jesús nos dice que Él es “la puerta” (Jn. 10,9) que nos conduce al Padre: “Por Él, unos y otros, tenemos acceso al Padre”, como nos dice San Pablo (Ef. 2,18). Él nos conduce a la salvación: “El que entra por mí está a salvo” (Jn. 10,9). Nos lleva a la libertad: “El que entra por mí, circula libremente” (Jn. 10,9). Nos conduce a la vida: “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10,10). Nos conduce al alimento de la vida: “El que entra por mí, encuentra el alimento” (Jn. 10,9).

Jesús se nos ofrece a todos como puerta y una puerta “siempre abierta”. Él es el mejor camino para conocer y entrar en la casa del Padre: “Yo soy el camino… nadie va al Padre si no es por mí” (Jn. 14,6). Él es la puerta siempre abierta para todos; a nadie rechaza; a todos les acoge y les invita descansar: “Vengan a mí todos los que estáis cansados y Yo les aliviaré” (Mt. 11 ,28).

Él es la puerta siempre abierta que nos resguarda y nos da seguridad en medio de tantos ladrones que pretenden arrebatarnos la vida o su integridad: “Confíen en mí. Yo he vencido al mundo” (Jn. 16,33). En Cristo no hay puertas cerradas para nadie. Cristo es corazón abierto para todos. Todos nosotros tenemos que ser siempre puertas abiertas a Jesús que sale a nuestro encuentro y quiere entrar dentro de nosotros mismos y vivir en íntima comunión con nosotros, como dice el libro del Apocalipsis: “He aquí que yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap. 3,20).

El autor es sacerdote.

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