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La primera vez que Francisco Ruiz probó suerte con la venta de cocos pelados fue hace 40 años, cuando todavía no se había construido la rotonda Cristo Rey en Managua y en ese sitio estaban los famosos semáforos de Repuestos la 15.
Fueron 20 cocos que le compró a un señor cuyo nombre ha olvidado, y quiso probar suerte. Los peló, recuerda, y se aventó a ofrecerlos sin imaginarse que el negocio le daría de comer a su familia el resto de la vida.
Bajo un árbol de ceiba y otro de nim que medio lo cubren del sol inclemente de la Managua de verano, ahora en una esquina de los semáforos de Larreynaga, Francisco deja el machete con el que pela un coco en 30 segundos, para contarle a LA PRENSA que «su debut» fue con unos cocos de San Marcos, Carazo.
“Ese día vimos que los vendimos todos. Nos hicimos de más y seguimos, nos percatamos que nos iba bien, entonces empezamos a salir a buscar cocales”, rememora.
Cuenta que esta forma de abastecimiento se mantiene hasta el día de hoy. Una vez a la semana, o cada quince días, este señor de 66 años, que luce bigote poblado y sin cuido, alquila una camioneta para salir a buscar la preciada fruta en fincas en departamentos vecinos y hasta fincas de tierra adentro.
Organizados para vender
Dice don Francisco que además del conductor, va acompañado siempre de dos personas más. Una de ellas es el cortador, un experimentado trepador de árboles, quien sin miedo al vértigo escala como araña las palmeras de coco. Francisco dice que en un día bueno su cortador baja hasta mil unidades.
Una vez que llenan el vehículo, vuelven a su casa y guardan la fruta para ir sacándola en tanto se va vendiendo.
En los semáforos de Larreynaga la venta de cocos está dividida en tres grupos, unos familias, otros solo conocidos, incluyendo el de Francisco, pero todos consiguen la fruta de la misma forma y el horario de trabajo es similar: empiezan a vender antes de las 7:00 de la mañana y terminan no más allá de las 4:00 de la tarde, incluyendo, a veces, los domingos.
Es posible que por «celos comerciales» nadie de los que se dedican a este tipo de trabajo informal quiera compartir en cuánto compran los cocos de las fincas y menos cuál es la ganancia que les queda.
Eso sí, se adelantan a decir que «la ganancia es poca», que no es un negocio jugoso a como muchas personas creen, aunque admiten con modestia sospechosa que les da para que no falte comida en la mesa de sus casas.

Razones para probar esta fruta
La capital es una ciudad donde la venta de frutas está presente en las vías principales, sin embargo la mayoría de oferta depende de la temporada. Si es verano —como ahora— se comercializan mangos, naranjas, jocotes y los meses que abarca la mandarina; pero si es en el periodo lluvioso, se cambia a frutas como los mamones, por ejemplo.
Francisco es un hombre de pocas palabras, pero se nota muy listo. Cuatro décadas atrás analizó esto y por eso pensó en invertir en la venta de una fruta que diera cosecha todos los meses del año y fue así que probó con el coco.
El hombre explica además que la palmera da frutos cada tres o cuatro meses y no necesita de mucho cuido. Crece sola y por ser tropical no la seca el sol. Esas ventajas hacen que la fruta no sea ni escasa ni cara.

Variedad de cocos
Blanca Nubia García es la esposa de don Francisco y quien se faja con él en la pelada. Habla con amplio dominio en el tema, sobre coco de agua y seco, de lo bueno que es para la salud y que incluso a la cáscara se le puede sacar provecho.
“Cuando está seca se desmenuza y se hacen petates”, instruye con las maneras de una maestra de escuela.
También, según su experiencia, no importa si la piel exterior del coco —conocido como epicarpio— es amarilla o verde o si la palmera es de Masatepe, Cofradía o Jinotepe porque saben igual.
La clave está —explica Blanca Nubia— en que si la fruta ya creció lo suficiente para cortarla, pelarla y venderla en Larreynaga, donde a diario decenas de personas compran mientras esperan su luz verde.
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