Entre el orgullo y la humildad

Jesús critica el orgullo y enaltece la humildad, ya que el orgullo y humildad no van cogidos de la mano. El fariseo se vanagloria de lo que no es (Lc. 18, 11), vive de la pantalla, tiene puesta una careta para no darse cuenta de la verdad de su pecado; por eso, está incapacitado para convertirse. El publicano no le teme a mirarse a sí mismo, tal cual es; es sincero ante sí mismo y ante Dios (Lc. 18, 13); por esa sinceridad llega a darse cuenta de que tiene que cambiar de vida y da el primer paso: pedir el perdón (Lc. 18, 13). Dios está da su parte.

El fariseo es un orgulloso y autosuficiente: no necesita de Dios; él mismo se hace Dios. El publicano se ve pobre y necesitado y se acerca con humildad al único que le puede sacar de su miseria:

Dios. Dios está de su parte. El fariseo es un arrogante: se cree “la última pepsi cola del desierto”. Por eso se hace odioso ante Dios y ante los hombres. El publicano es la sencillez personificada; por eso se hace amable ante Dios y ante los demás. Dios está de su parte. El fariseo no tiene corazón y, sí lo tiene, no lo utiliza (Lc. 18, 11). Mira a los demás con desprecio; por eso, sale del templo con más pecado (Lc. 18, 14). El publicano ni juzga ni condena a los demás; solo se juzga a sí mismo y, por eso, sale del templo justificado (Lc. 18, 14). Dios está de su parte. El fariseo no va a la oración para encontrarse consigo mismo y con Dios, sino para echárselas ante Dios y ante los demás de lo que no es. Por eso, su oración es falsa y termina siendo una ofensa a Dios, a sí mismo y a los otros. Y es que la hipocresía es el colmo de todas las maldades. El publicano, sin embargo, va a orar con sinceridad ante el Padre Dios y en la oración se encuentra con Dios, consigo mismo y con los demás; por eso su oración es eficaz Dios está de su parte. El “fariseísmo” constituye siempre una amenaza para la sociedad, para uno mismo y, por consiguiente, para la comunidad cristiana. El “fariseísmo” es una divinización de la mentira; un insulto a los hombres y a Dios. El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a otros.

Una sociedad no puede subsistir engañándose a sí misma y aparentando lo que no es. Un país, un movimiento u organización, un matrimonio, una comunidad no puede crecer si no acepta sus limitaciones, debilidades y errores. San Pablo le dice a los Efesios que se dejen del mundo de la mentira: “Desechando la mentira, díganse la verdad unos a otros” (Ef. 4, 25). Como dice el refrán: más vale un minuto de vida franca y sincera que cien años de hipocresía. Jesús, nos dice que solo “la verdad nos hará libres” (Jn. 8, 32). La humildad, que es la verdad, duele, pero solo la humildad, salva. Hay algo más peligroso que la calumnia: la verdad. La mentira y el orgullo condenó al fariseo. Has de tener presente que sí no moderas tu orgullo, él será tu mayor castigo. La verdad salvó al publicano. La verdad duele; pero solo la verdad salva.

El autor es sacerdote católico.

Opinión humildad orgullo archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí