Fue el 16 de mayo de 1999. El padre Bernardo estaba en la casa cural de El Viejo, donde residía. Acababa de llegar de Tonalá, adonde había ido a oficiar los servicios dominicales. Se sentía agotado y decidió recostarse un rato antes de su próxima misa, a las seis y media de la tarde, en la iglesia de Nuestro Señor de Esquipulas en El Viejo.
La habitación del padre Bernardo quedaba junto a la parroquia, al lado sudoeste. Pero al disponerse a descansar, Bernardo oyó un golpe fuerte, un porrazo contra el suelo, y mucha bulla de personas. Eran las tres de la tarde y se suponía que la parroquia estaba cerrada, por lo que fue a inspeccionar. No había nadie. Todo se veía normal. Regresó a su dormitorio a tratar de descansar de nuevo.
En la parte oeste del templo hay un patio y la habitación del padre Bernardo quedaba en la parte de atrás de ese patio. De nuevo oyó un bullicio de gente. Esta vez se dio cuenta de que el tumulto venía del patio frente a su dormitorio. Se asomó y vio hacia el Este, por donde sale el sol, donde tuvo la visión de una multitud agolpada contra la pared.

A la izquierda del padre Bernardo, hacia el Oeste, donde se pone el sol, estaba un dragón gigante. Tenía siete cabezas y cada cabeza tenía varios cuernos horribles de distintos tamaños. Una de las cabezas tenía una corona. El dragón movía la cola rugosa de un lado a otro, pegando con estruendo en la tierra.
La atmósfera olía a azufre y la multitud era atacada por este dragón de varias cabezas que la iba devorando y arrasando con su cola enorme. Sus resoplidos inficionaban el aire, pero entre la gente y el dragón se interpuso la Virgen defendiendo a la gente.
Ella vestía de blanco, con un manto azul y un velo blanco. Su apariencia se asemejaba a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Extendía sus brazos con las manos hacia arriba y las palmas de sus manos hacia el frente. De sus manos salían rayos de luces.
El dragón prorrumpía en ruidos diabólicos, pues cada vez que intentaba embestir a las personas, los rayos de luz que salían de las palmas de las manos de la Virgen frustraban sus esfuerzos.
El dragón, en su furia infernal, agitaba con violencia las cabezas, echaba fuego por todas sus bocas y daba potentes coletazos contra la multitud. Al ver lo que estaba sucediendo, Bernardo corrió hacia su cuarto a buscar un crucifijo con la intención de ayudar a la Virgen.
Regresó al patio tan pronto como pudo y colocó el crucifijo en alto frente al dragón. Cuando el dragón vio el crucifijo perdió fuerza. El dragón no prevaleció. Se abrió un abismo por el que se precipitó y aún mientras caía arrojado seguía derribando gente en el abismo con su cola. Después el abismo se cerró, sellando la victoria de la Virgen.
Luego la Virgen se volvió hacia Bernardo y le dijo: “Esto es para que ustedes sepan que una Madre siempre va a luchar por sus hijos. Yo estoy siempre peleando contra lo malo y contra Satanás, que es el autor de todo lo malo”.
*Escritor