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Orlando J. Icaza Gallard

La locura

Los locos de nuestras calles, esos que caminan a veces desnudos y son el hazmerreír de muchos, los 33 x 5 córdobas de Joaquín Sansón Argüello, no son los únicos verdaderos y lastimosos locos.

Los hay poetas, presidentes, médicos, abogados, carretoneros, lustradores, curas, profesores, bien vestidos con relojes de oro y de zapatos bien lustrados.

Erasmo de Rotterdam dice que la locura nació en las islas afortunadas (La Macaronesia morada de los héroes difuntos) y fue amamantada por Meté (la embriaguez) y por Apedia (la ignorancia). Y que nacida entre delicias, no saludó la vida con lágrimas, sino que con una sonrisa.

La locura con sus infinitas caretas ha penetrado en el escaso mundo que podemos llamar civilizado. La hemos visto en Alemania, Rusia y Cuba. En estos países, con un nivel de educación elevado, donde se ha creado música, poesía y pintura de incalculable belleza, la locura ha producido también las peores atrocidades del fascismo vestida de nacionalismos tanto de derecha como de izquierda.

En otros lugares nos visita con sucesos aislados como los de las Vegas o Mogadishu. Horrores que el Griego de Abdera haciendo de la locura una broma, aún continúa riéndose del desequilibrio mental de los humanos.

La locura liga al hombre en sus debilidades, sueños e ilusiones.

La encontramos en la belleza de una poesía de Rubén o en los versos metafísicos de Alfonso Cortés, en la Serenata de Schubert, en los cuadros de Raúl Marín o de Van Gogh, en Tristesse de Frederic Chopin, en In the mood for love de Shingeru Umebayashi o en Sueño de amor de Franz Liszt.

Y, así como se viste de dulzura y belleza así se viste de amargura, de tristezas y agobio en las obras de Shakespeare con imágenes de muerte y crímenes o de presunción y complacencias en las obras de Cervantes ocupando lugares extremos más allá de lo que se cree razonable. (Michael Foucalt).

Y no escatima con el pobre o el rico, con el ignorante o el culto con el que ama o el que odia.
Pone y quita presidentes, reyes, emperadores, zares y papas. Hace y deshace generales, cardenales, ministros y otorga premios nobeles.

La tenemos en este mundo desde antes de la creación y nos visita por primera vez en el Edén vestida de serpiente. Luego en los celos de Caín. La encontramos en Sodoma y Gomorra. Para luego aparecer en los filósofos griegos o en los versos de Virgilio.

Nicaragua no ha sido exenta de ella. A Nicarao lo atonta y a Diriangén lo enfurece. Pedrarias y sus hijos la idolatran y la desenfrenan contra Valdivieso. A Sandino lo hipnotiza y confunde. Hace creerse omnipotentes y eternos a Zelaya, los Somoza y ahora a Ortega rodeados todos de sus íntimas amigas la Filautía (amor propio), la Colacía (adulación), la Hedoné (voluptuosidad) y la Anoia (demencia).

Y a cada casa que llega se arropa de envidia, de lujuria, de codicia o de avaricia. Porque ¿quién no está con ella que de tanto ahorrar estrecha su vida para dejarle su dinero a otros que lo botarán bebiendo néctares abrazados del mismo Demócrito?

Luego cambia de ropas y se vuelve filántropa, de misa diaria y compasiva.

Por todo esto según Erasmo, es que sin llamarse diosa pide con justicia llamarse el alfa de todos los dioses.

Ella penetra el mundo de la razón a través del determinismo de las pasiones. Pero tiene muchos otros porteros que la dejan entrar en nuestra alma como son la misoponía, la vanidad, la misogamia, el racismo, el clasismo y a veces el amor pasional como en la obra de Richard Wagner Tristán e Isolda.

Cuidado pues con la locura que como un soporífaro se puede posesionar de nuestros cuerpos y llevarnos al averno de los griegos, al infierno de Dante o al infinito de los sueños donde nadie despierta para seguir soñando, existiendo sin realmente existir.

Por algo los leprocomios de la edad media se vaciaron para llenarse de locos que ahora vacíos de nuevo han dejado ir a aquellos posesionados de la insanidad mental para llenar calles, mansiones de gobierno, universidades, iglesias, mezquitas, sinagogas, logias, claustros y casas de Dios.

El autor es médico y cirujano.

Opinión locura archivo
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