Anduve echando un “vistazo” en la tierra donde la naturaleza ha volcado la agresividad invernal —repentina metamorfosis— de convertir las calles en ríos. Anduve en el Cementerio Central de Managua en la víspera de las efemérides fúnebres donde ha decaído la afluencia de los pasajeros a la eternidad. A esa horizontalidad pasiva los mortales debemos un elogio a la ausencia: haber solventado las cuitas y las glorias del destino y ser los legítimos beneficiarios de la paz infinita.
Fue imposible evitar entre las huellas dejadas por las neurosis acuáticas, las imágenes expresadas por la comunicación fotográfica: los difuntos anónimos condenados por el anonimato, quizá para siempre. Viendo las tumbas, algunas irradiadas por la personalidad sentimental, por la vinculación familiar, por el eco de los visitantes, se asocia uno con el tiempo venidero que a todos competen. La cíclica vegetación del dolor, el acto de levantarse cada 2 de noviembre a oler las flores y leer los epitafios pintados con la sangre del corazón.
Transcurre el Día de los Muertos, muchos de los cuales fueron flagelados por la ira repentina: los huracanes, las inundaciones, los terremotos, los incendios, el terrorismo premeditado por la estupidez. Los que vienen a disfrutar los encantos inocentes de la cuna bienvenidos sean a este paisaje lleno de espasmos, de luces y de bruces, horizontes donde uno se ve desde que comienzan a brillar los albores de la razón. Los que se van —difuntas y difuntos— llenaron un cupo, descienden desde el llano al fondo convencidos desde que ya no hay nada más que hacer.
Los nicaragüenses cada vez que trascienden los calendarios enlutados recuperamos valores morales, evadimos la rutina material, el quehacer cotidiano por razones de conservar los lienzos para vivir, no nos exime comunicarnos con los viajeros al paraíso silente de la perpetuidad. Ocuparse de la ausencia debe tener una significativa, sabia prioridad. Aprender, ilustrarse con el legado heredado o restaurar con la base de las raíces inauguradas por la antecedencia, un rumbo superior, la demostración del amor por los que se despidieron para siempre con el silencio de una cortesía colosal, ajena a la vanidad del protocolo, prende una candela que compensa con las tantas apagadas en el camino del olvido. Pero es una candela que pulveriza a las sombras. Una sola luz a las seis de la tarde en la tumba del ser a quien tanto se quiso, justifica una contradicción: los muertos viven.
Cuando la familia estaba reunida solíamos los familiares inclinarnos ante el sepulcro enaltecido por la soledad. “Qué solos se han quedado los muertos”. A nuestro padre Joaquín Evaristo Pastora (1901-1970) lo celebramos con el claro vespertino con el brindis y la retórica optimista. Ahora la familia se ha desnuclearizado. Sobran los nicaragüenses que por muchas razones se han ido al exterior, pero el dolor desde la distancia une. “Tras el dolor siempre se encuentra el dolor”. El aislamiento no lleva capuchón. La muerte es clara como el agua. Se rebela ante el antifaz. Por ello tiene esa capacidad de enlazar desde la lejanía. Impresiona su realidad. De ahí la importancia de la pausa en juego con la expansión. La ausencia incentiva el acto piadoso del recuerdo.
Volverán a encenderse las luces de la memoria cuando los epitafios se lean de nuevo o solo veamos la tumba sin letras.
El autor es periodista.