La solidaridad familiar es una cualidad moral que honra y enaltece a la persona. Constituye la base en que descansa la seguridad y desarrollo humano de los miembros del núcleo familiar.
Entendemos por solidaridad familiar, las relaciones de cooperación, respeto, entendimiento, apoyo y ayuda mutua que guardan entre sí, los miembros de una familia, sin importar las diferencias de género, edad o carácter.
La base esencial de la solidaridad familiar es el amor. Este noble sentimiento nos induce a identificarnos con quienes conviven o han convivido con nosotros y a sentir como propio, sus éxitos, alegrías, angustias y necesidades. “No es la carne y la sangre, sino el corazón lo que nos hace padres e hijos” (Schiller).
La solidaridad familiar es un valor histórico de nuestra nacionalidad que, infortunadamente, tiende a desaparecer. Las relaciones de cooperación y ayuda mutua que han caracterizado a la familia nicaragüense, están cediendo frente a la violencia y maltrato intrafamiliar y el egoísmo individualista. No es el bien común, el bien de todos, lo que domina, es el bien personal. Cada quien, separadamente persigue su propio beneficio. El amor al dinero ha sustituido al amor a la familia. Ni siquiera los alimentos se comparten en familia.
Los medios de comunicación nos informan con alguna frecuencia de casos extremos de insensibilidad moral en las relaciones intrafamiliares. Son casos que reflejan la crisis de solidaridad familiar que vive nuestra cultura, como son, por ejemplo, los frecuentes femicidios, parricidios y el maltrato a mujeres, ancianos y niños.
La violencia animal, que a veces observamos en las relaciones conyugales, nos hace recordar el pasaje del poema Los motivos del lobo de Darío, donde expresa: “…hembra y macho eran como perro y perra”.
Constituye también una realidad difícil de asimilar que haya familiares que recurran al engaño, para adueñarse de bienes y propiedades de sus progenitores y parientes cercanos y lanzarlos a la calle, sin ninguna compasión.
Asimismo es motivo justificado de preocupación el abandono, incomprensión y maltrato que sufren los ancianos, de sus hijos y nietos, como retribución diabólica a sus muchos años de sacrificio y entrega a la educación, mantenimiento y seguridad de sus descendientes.
En lo que se refiere a los niños, el hogar, que debería ser un oasis de seguridad, un nido de protección física y moral de los menores, es más bien un centro de maltrato y violencia. Y qué decir de la explotación de niños discapacitados, utilizados por sus padres para pedir limosna en las calles, con riesgos de su propia vida.
El embarazo precoz y maternidad temprana de niñas y adolescentes son cada vez más frecuentes en nuestra sociedad, con las consecuencias negativas de este hecho en la formación de la personalidad de los hijos. Madres de 15 años y abuelas a los 30, ¿qué principios y valores pueden transmitir, si ellas mismas no alcanzan los niveles deseados de desarrollo y madurez?
Asimismo, una madre pobre, con más hijos de los que puede educar y mantener, ¿cómo puede atender las necesidades de educación y desarrollo de todos ellos? Recordemos: los huelepega y niños delincuentes, generalmente provienen de hogares disfuncionales.
Transformar esa realidad para dar espacio a la solidaridad y al amor no es tarea fácil, pero sí importante y necesaria para la familia y para el país. Tengamos presente que la familia es el núcleo fundamental de la sociedad. La calidad de las relaciones humanas en el hogar se proyecta a nivel nacional en la calidad de las relaciones sociales que los nicaragüenses en general tenemos entre nosotros.
El autor es catedrático, Psicólogo, Doctor Honoris Causa de la UNAN, Orden Mariano Fiallos Gil, del Consejo Nacional de Universidades.