Aunque los protagonistas de una fragorosa batalla que se extendió por más de cinco horas viajaron a Los Ángeles, desde muy lejos del Minute Maid en Houston, se pueden apreciar las columnas de humo que todavía se levantan desde el centro de ese escenario, tras el espectáculo volcánico del domingo.
A base de fuego y candela, Astros y Dodgers están reescribiendo la historia. El picheo ha quedado en entredicho, pero los bateadores han producido suficientes explosiones como para provocar un sinfín de emociones, que harán de esta una Serie Mundial para recordar.
Pero no solo es bateo violento y picheo flojo. Son también dos equipos combativos, que no se dan por vencidos y que justo cuando parecen muertos, son capaces de levantarse y estremecer a las multitudes. En el duelo del domingo, los Astros se llevaron el triunfo, pero los Dodgers dejaron constancia de su carácter e hicieron su parte.
Ya habrá tiempo para el análisis frío, para ahondar en el manejo de los abridores y el uso excesivo y prematuro de los relevistas, quienes saturados de trabajo, han pasado de cerrar puertas, a apagar incendios con gasolina. Lo que no está en discusión es lo entretenido que ha resultado la serie.
Uno de mis juegos favoritos en clásicos de octubre se mantuvo sin carreras durante nueve innings. Fue el séptimo de la Serie Mundial de 1991 entre Bravos y Mellizos, decidido en el décimo 1-0 para Minnesota.
Pero es claro que la mayoría de los fanáticos gustan de juegos de carreraje y de eso se han encargado los muchachos de Houston, que encabezados por José Altuve, intentan llevarse el trofeo, a pesar de la resistencia de Yasiel Puig y compañía.
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