Después de 23 temporadas en el beisbol superior, a Sandor Guido le gusta lo que ha hecho. Es un bateador de .300, hace ratos cruzó la barrera de los mil hits y casi siempre conectó el batazo en el momento cumbre, mientras se convertía en un inicialista de notable defensiva.
Sin embargo, su mayor impacto lo consiguió fuera del campo con sus estudios, pero sobre todo, con el enderezamiento que le dio a su vida cuando parecía ir hacia ningún lado. En línea recta hacia su retiro de la Selección, no hay angustia en su corazón y tampoco incertidumbres.
Guido estará en la tropa nica por última vez en la serie ante Taiwán y espera seguir en los Juegos Centroamericanos, pero no volverá a vestir más la casaca nacional. Va incluso a su última Liga Profesional y valora su continuidad en los Pomares más allá del 2018.
No obstante, en lugar de estar atrapado por la incertidumbre del futuro, planea establecer varios proyectos que deben garantizar su sustento. Y habla con entusiasmo sobre las perspectivas que pueden abrirse a su alrededor. Esto era impensable hace algunos años.
Sandor, de 38 años, es odontólogo, trabaja para la Policía Nacional, labora en la administración de los Leones de la Liga Profesional y pretende tener su clínica. Tampoco descarta ser entrenador de beisbol, algo que hace con jóvenes, y también le gustaría dirigir al León.
Hablamos a la vez, de un muchacho que se accidentó varias veces, que por poco queda sin una pierna y hasta sin la vida, mientras era atrapado por un cúmulo de malas decisiones. Ahora tiene una historia en el beisbol, una carrera profesional y una familia para compartir.
En ruta hacia su adiós con la Selección, Sandor no está atemorizado por el mañana. Probó que se podía jugar y estudiar a la vez. Incluso, durante 15 años viajó con la Selección Nacional y pudo coronar sus estudios. En un contexto en el que una mayoría no lo hace, su mérito es innegable.
Ahora que le toca ver hacia atrás, no hay dudas que le gusto lo que ha hecho.