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Joaquín Absalón Pastora

Esquipulas en la sinfonía

Tanto la paz como la música tienen la categoría infinita de ser dos tesoros intangibles. Esa amalgama en abrazo fue celebrada en el treinta aniversario de la firma de los Acuerdos de Esquipulas en la región centroamericana. El motivo tuvo su mayor inspiración en expandir los lazos de la conciliación, la inclinación hacia la armonía en Centroamérica cuya interioridad anímica tuvo mucho que ver desde el inicio con la convulsión, la guerra en agenda y por fin el desenlace manso. Desaparecieron los escenarios envenenados por la química de la destrucción para sustituirlos con el embeleso de las notas musicales. Cuánta diferencia —resultado de la reflexión— entre la precipitación y la serenidad. La sinfonía estuvo de gira por cinco países de Centroamérica que desde luego incluyó a Nicaragua al ser presentada la Orquesta Sinfónica Juvenil de Costa Rica en el escenario principal del Teatro Nacional Rubén Darío bajo la dirección del consagrado Irwin Hoffman.

Dos trofeos sonoros fueron idealizados por la vocación de la juventud que supo mostrar la vitalidad unida en los momentos requeridos. Las obras expuestas estuvieron llenas del entusiasmo en coyuntura con las efemérides en continuo sostenible. Las piezas conforme programa presentadas esa noche fueron El Capricho Español opus 34 de Rimsky Korsakov, y la Cuarta Sinfonía opus 36 de Piotr Ilich Tchaikovski. Perceptible desde el comienzo el brío del virtuosismo de la orquesta en aparente similitud con el estilo de Héctor Berlioz siendo el ruso menos original que el francés en el festejo a la fantasía occidental.

Las trompas y los fagotes hicieron un reflejo de lo que es la introducción de toda sinfonía. Son los instrumentos que simbolizan la homogeneidad melódica en el plenario. El opus 36 se convirtió en el beneficiario  estelar en los instantes principalmente veloces del concierto. Escuchándolo desde que ofrece las características del primer movimiento, no cabe duda de que el autor hace una exposición modélica de cómo deber ser el anticipo de una sinfonía justificada por los vaivenes del destino. La conjunción se expande con el uso sostenido de los violines y los violoncelos

El segundo movimiento —andantino— insinúa al oído una honda melancolía. Triste sueño con el pasado en evocación. ¿Vive el alma del recuerdo? Tchaikovski apunta a que el cúmulo pretérito puede darle vigor a la existencia. Pero ese es un elemento deductivo en el momento en que se está escuchando la sinfonía. La música también tiene su lenguaje, es idioma que se vierte con los signos de la tabla temática.

El scherzo —tercer movimiento— hace una visita esta vez no contemplativa, mucho menos melancólica al no manifestar ningún sentimiento particular. El scherzo es el pizzicato obstinado esencialmente técnico, musical. Si se quiere “juguetón”. Caprichosos arabescos. Ni tristeza ni alegría. La incorporación sustenta al equilibrio.

El cuarto movimiento pone el broche conclusivo con un “allegro con fuoco”. El arranque es tempestuoso. La sinfonía expuesta con un motivo que perteneció al pasado, es un autorretrato, una cita con el destino. Los jóvenes le midieron el pulso a la felicidad. El director desde la silla, un ilustre señor de la batuta con antecedente fornido apela a todos los recursos de su impresionante capacidad para elevar más el tono impetuoso de la orquesta para dejar tanta huella tonal en la región centroamericana en conmemoración de la suscripción de los acuerdos de paz de Esquipulas.
El autor es periodista.

Opinión
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