Parece una broma de mal gusto, pero según el Banco Central de Nicaragua el 96 por ciento de los nicaragüenses tiene empleo actualmente. De acuerdo con las cuentas oficiales, solo el 4 por ciento de los nicaragüenses está desempleado, pero en el supuesto 96 por ciento de empleo incluyen a la masa de los llamados subempleados, los que trabajan muy esporádicamente y apenas sobreviven.
A juzgar por las cifras del Banco Central, en materia de empleo Nicaragua está igual y en algunos casos hasta mejor que los países de Europa del Norte, reconocidos internacionalmente como los más prósperos y equitativos del mundo. Para comparar, en Finlandia el desempleo es de 7.70 por ciento; en Suecia, 6.40 por ciento; en Noruega, 4.90 por ciento; en Dinamarca, 4.20 por ciento, y en Islandia, 3.20 por ciento.
Sin embargo —y para seguir con la comparación—, mientras en Nicaragua el Producto Interno Bruto (PIB) por persona es de un poco más de 2,000 dólares anuales, en los países nórdicos, en el mismo orden, Suecia tenía ya en 2013 un PIB per cápita de 40,900 dólares; Noruega, de 55,400; Dinamarca, de 37,800; Finlandia, de 35,900, e Islandia, de 40,700 dólares.
La abultada mentira oficial sobre el empleo es refutada con datos del mismo Banco Central, de que en el primer trimestre de este año las remesas familiares —enviadas por los centenares de miles de nicaragüenses que se van del país porque aquí no encuentran trabajo— alcanzaron la suma de 323.3 millones de dólares, lo que representa el 9.6 por ciento del PIB.
Es característico de los regímenes autoritarios mentir en todo y también por medio de las estadísticas. Los dictadores pregonan la mentira de que los pueblos de sus países viven felices, que toda o casi toda la gente tiene un empleo, que la economía crece y florece, y que solo una pequeña minoría de opositores frustrados, amargados y apocalípticos se empeña en decir lo contrario.
Como escribió Darrel Huff (1913 – 2001) en su libro Cómo mentir con estadísticas, publicado en 1954, “los métodos y los términos estadísticos son necesarios para informar sobre los datos masivos de las tendencias sociales y económicas, las situaciones de los negocios, las encuestas de opinión y los censos; pero sin escritores que utilicen las palabras con honradez y precisión; y sin lectores que sepan lo que significan, el resultado no es más que pura semántica sin sentido alguno”.
Pero la verdad es que esa falsificación sí tiene un sentido, y muy perverso, porque con ella los dictadores engañan a la gente, ocultan con cifras la realidad y simulan lo que no existe, a fin de perpetuarse en el poder.
Todos los economistas y científicos sociales honestos advierten que la falsificación de las estadísticas oficiales es muy grave para la seguridad jurídica y la previsibilidad que se le debe dar a los ciudadanos y, en particular, a los agentes económicos. Y señalan que las estadísticas veraces constituyen un elemento indispensable en el sistema de información de una sociedad democrática.
Eso no ocurre en Nicaragua, porque aquí no hay una verdadera democracia y por eso las estadísticas oficiales son manipuladas con fines politiqueros.