Semáforo verde
Una señora intenta cruzar la pista que pasa frente a la UCA. Lleva un niño de la mano. Se detiene en las rayas amarillas con cara de pánico en medio del intenso tráfico de la hora pico. Con su gesto ruega a los conductores, y finalmente algunos se detienen, bloquean el tráfico y la señora puede cruzar la calle. A la par de ella, sin embargo, está un semáforo peatonal que nadie activó, y, más allá, un puente peatonal, que muy pocos utilizan para cruzar. Ella tiene derecho a cruzar tranquilamente y los conductores a detenerse si siguiera el sencillo procedimiento de apretar un botón, pero prefirió –por apuro, desconocimiento o costumbre– arriesgarse y depender de la buena voluntad de otros para cruzar ilesa.
Conectes
Este es, a mi criterio, el ejemplo de un mal mucho más extendido: en Nicaragua despreciamos los procedimientos y buscamos como resolver con favores. Así es en todo. “Broder, tenés algún conecte en Tránsito que me ayude a sacar la licencia”. Llegamos a la Alcaldía, al Registro, a Migración y otros, buscando un rostro conocido que mueva más rápido nuestra gestión. Hemos convertido en favores nuestros derechos. Y eso no es normal. Lo normal es que usted llene las formas que tenga que llenar, haga la fila que tenga que hacer, cumpla con los requisitos y del otro lado le resuelvan por obligación su trámite. Lo normal es que la señora active el botón de la luz verde, los vehículos se detengan por el semáforo en rojo, y ella cruce con todo su derecho sin que nadie tenga que hacerle el favor de dejarla pasar.
Telefonazos
Hace unos días, el consejero económico de la embajada de Estados Unidos, William Muntean, se preguntaba en una entrevista con LA PRENSA cuál es en Nicaragua el sistema para resolver conflictos: “¿Es a través del sistema jurídico o es a través de algunas llamadas de celular?”, decía. Y él mismo se respondió: “Los empresarios estadounidenses, nicaragüenses, tienen esta perspectiva, de que esta llamada con los altos funcionarios es más importante para facilitar los resultados, (para) la implementación de los fallos o no implementar los fallos judiciales”.
Somos “la ley”
Hace algún tiempo relaté que vi a un policía cruzarse en su moto un semáforo en rojo, con una señora sin casco como pasajera. Y que cuando un vehículo le reclamó a pitazos la invasión de su paso, el policía reaccionó molesto, indignado, porque alguien se atrevía a cuestionar la “autoridad” que él representa. Ese es otro problema: siempre estamos pensando que las leyes, las restricciones, las sanciones, son para los otros. Y eso viene desde el origen, porque los mismos que hacen las leyes las hacen pensado en otros, porque ellos se consideran exentos, ya sea por inmunidad o por conectes. Ellos son la ley. Y vale para el Estado y para todo. Si no fíjense en los centros de trabajo: quien pone una norma es el primero que no la cumple.
Filas para “babosos”
En nuestra cultura, el que hace fila es «el baboso» y el colado es “el vivo”. La fila es una forma civilizada de tener derecho a nuestro turno según el orden de llegada de cada quien. Todos hacemos filas varias veces al día. Las más comunes las hacemos en el tráfico. En un semáforo, por ejemplo. Pero siempre está el vivo que piensa que la fila no es para él. Que hagan fila los babosos, dice, y se va por un carril alterno, hasta llegar a la punta y donde pide entrada, a veces cortés y descaradamente. Colarse. Casi siempre se salen con la suya, ya sea por un malentendido concepto de cortesía o porque para evitar problemas, choque o pleito, se deja entrar al abusivo. También, se ve como normal. O casi normal. El problema es que los colados son seres despreciables que van por la vida robándoles el tiempo a los demás.
Huevo o gallina
¿Y si al final solo tenemos el gobierno que merecemos? Pongo estos sencillos ejemplos de la vida cotidiana para demostrar que muchos de los males que nosotros les criticamos a los gobiernos los tenemos y exhibimos nosotros mismos todos los días. Y hay muchos más: linchamientos en las redes sociales, acoso callejero, calles como basurero, maltrato animal, etc. ¿Debe el Estado cambiar para que cambiemos los ciudadanos o al revés? ¿El huevo o la gallina? No quiero justificar nada, al contrario, considero que muchos de estos comportamientos anormales son promovidos por conveniencia desde la estructuras de poder, porque la cultura del telefonazo, de ley para los otros y de favores en vez de derechos, les da poder sobre nuestras vidas a quienes deberían tener la obligación de servirnos. Comportarnos diferentes a ellos también es una forma de rebelarnos.