Los marxistas tienen como características la capacidad de definir estrategias a largo plazo y hacer de la política el arte del engaño para lograr sus objetivos. Es en este contexto que los finados Fidel Castro y Hugo Chávez se propusieron destruir a la Organización de Estados Americano (OEA); la cual ha sido vista por ellos y sus socios como un instrumento de los Estados Unidos (EE. UU.). Las contradicciones existentes entre el Alba y la OEA son antagónicas y por lo tanto cualquier negociación está orientada a la anulación del otro.
Con ese propósito los finados crearon la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) y redujeron la OEA a una caricatura bajo la administración de Miguel Insulza. Sin embargo, la muerte de Chávez y la caída de los precios del petróleo, además del surgimiento de gobiernos democráticos en América Latina facilitaron que la Celac pasar a ser marginal y, por el contrario, la OEA con Almagro a la cabeza, intenta asumir un liderazgo en la aplicación de la Carta Democrática ante las dictaduras del Alba.
La desaparición de Chávez y de Castro hizo que Maduro y Ortega, tomaran el relevo y pareciera que los objetivos con relación a la OEA están orientados a destruir la poca credibilidad, distraer los pocos recursos tanto humanos como financieros y utilizarla de muro de contención de la Nica Act.
Aunque Almagro como persona ha sido beligerante ante una Venezuela que se desangra, como organismo, la OEA se ha mostrado incapaz de obligar a ese país a establecer un diálogo en el que se defina una hoja de ruta hacia la democracia. A esto habría que sumarle el desprestigio creciente de este organismo ante la opinión pública nicaragüense al reconocer con su presencia las elecciones pasadas, que sentaron las bases de una dictadura dinástica. Y en el borrón y cuenta nueva de las elecciones presidenciales, la OEA está por avalar, una vez más, los actos irregulares en marcha en el actual remedo de elecciones municipales. La comunidad internacional está cansada de desembolsar plata sin que haya, como contrapartida, una mejoría democrática en Nicaragua.
Los gobiernos de Nicaragua y Venezuela juegan a distraer los pocos recursos humanos y financieros de la OEA, desenfocándola de su labor fundamental de incidencia en la democratización de Venezuela y lo están logrando. Si la OEA acordó con el Gobierno de Nicaragua no denunciar las irregularidades de las elecciones pasadas a cambio de que Daniel Ortega le diera apoyo en el impulso de la democracia en Venezuela, se equivoca.
Ortega llamó a la OEA para hacer creer a EE.UU. que había una negociación, a tal punto que cuando salió la Nica Act, Almagro, en un acto de ingenuidad, se pronunció ante el Congreso de los EE. UU. a favor de Ortega, sin que este último diera nada a cambio. A estas alturas, con su actuar errático y con su actitud sumisa ante Ortega, la OEA se debería preguntar a quién beneficia con su presencia en Nicaragua.
Está claro que la OEA no podrá hacer nada si la administración de Trump y América Latina no se pronuncian claramente por la promoción y defensa de los valores democráticos, pero sobre todo si no actúan como bloque y con determinación, en tanto el grupo del Alba se está saliendo con las suyas: sembrando la muerte y el hambre en Venezuela y destruyendo la democracia en los países que lo conforman.
El autor es sociólogo. Autor del libro Ramiro Sacasa Guerrero. El Poder de Servir.