Joaquín Absalón Pastora

Entre el dolor y la esperanza

Palpita aprisa el corazón de América Latina. Tanto la causa como el efecto de la fatalidad es justificación para que se precipite la tensión en la cordillera. Le cupo el turno a Venezuela. Antes el mismo drama provocó a la insurrección pinolera cuando Somoza y su ejército pusieron en acción a las armas agresivas —en tierra y aire— contra la población desabrigada. En los dos casos la OEA tuvo participación. El proceso de desarrollo de la crisis corre tan veloz que a estas alturas del minutero no se podría hacer el vaticinio del desenlace.

En esta etapa revivió la plegaria del papa Francisco a quien le correspondió introducirse en la política con mayor acentuación que sus antecesores. En los meses finales del año pasado el papa argentino y el dictador venezolano subieron juntos las escaleras con la aspiración de llegar a las cumbres del diálogo. Pero el globo aún con la facilitación papal se vino a pique en el extravío absoluto de su redondez y surgieron los obstáculos que frustraron al empeño. Los efectos fueron discordantes. La mesa de la unidad —tan monolítica— se dividió más por asuntos formales que de fondo. Tan rauda fue la evaporación que la gestión pro-diálogo apenas duró un mes.

De regreso a las graves complicaciones —volver es reincidencia habitual en el ser— el transcurso tomó una ruta distinta, dentro de la cual ha quedado descartada la posibilidad de que aquellos dos personajes o sus representantes se vuelvan a encontrar. Lo que trepida es el aumento de la ira recíproca entre paramilitares y opositores que no llevan armas bélicas más que las naturales de la lengua. Son visibles en las calles la pólvora y el contubernio con el recurso de la indignación: erupciones de humo provocadas por volcanes cuyos picos se forman de acuerdo a las circunstancias y el filo de los silbidos. En tanto pueden escucharse en el fondo de la cortina nostálgica los lloriqueos lejanos de “Venezuela Mía”, de la Venezuela de todos destrozada no por el prócer cuyo apelativo ha sido abusivamente invocado en nombre de una revolución inexistente, por la multiplicidad de factores puesta la corona en la cabeza de alguien que no merece llevar el nombre de Napoleón.

Desapareció la enmienda del rumbo. Ha muerto el lenguaje de la civilización política con deplorable notoriedad en el sector gobierno donde todas las instituciones se han unido —excepto la Asamblea por supuesto— para abrazar una consigna enseñoreada por la pulverización.

Lo prudente, lo racional, es que las jurisdicciones procedan a una rectificación del derrotero perdido. No han aprendido de las elecciones magistrales de la historia. Lo que han hecho —y en eso son reincidentes— es plagiar a un modelo fracasado. Y aun así con esa terquedad incurable, consciente de los intentos fallidos, Maduro quiere protegerse con las sotanas del papa posiblemente para ocuparlo de cómplice en la estrategia quemada de sacarle el jugo al tiempo. La mayoría de los criterios apunta a que ya no es posible el diálogo sino el voto.

Están oprimidas las puertas de la paz en Venezuela. En la voluntad reflexiva de sus autoridades está el rescate de la apertura a través del cambio de rumbo presidido por la celebración de unas elecciones generales ajenas a la fachada, con capacidad resolutiva para ser el antídoto de la plaga.

El autor es periodista.

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