Aunque el término diezmo aparece 36 veces en el Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento se “invisibiliza”. ¿Por qué? No vemos a los apóstoles pidiéndolo. Sin embargo, ahora en la mayoría de las congregaciones evangélicas lo exigen con cuaderno y lápiz.
En la radio escuchamos y vemos en la televisión pastores que profesan una “teología de la prosperidad”: “Pacte con el Señor, venga y diezme, y alimento en casa tendrá”, “No hay que robarle al Señor”, etc. En algunos casos, hasta hay una lista de los salarios de los que se congregan, y cada 15 y 30 llega el cobro.
Pero ¿qué dice la Biblia en torno a esta práctica? ¿De verdad voy a ser condenado por no diezmar? Sinceramente no se necesita ser un exégeta para ver el “error” textual. El diezmo era una contribución que se pagaba en la Ley a los levitas (israelitas de la tribu de Leví), quienes no tenían herencia en la tierra en común con las otras tribus (Núm. 18:21-32). No consistía en dinero, sino en cosecha y animales (Lev. 27:30-32). Con este tributo, también vivían los huérfanos y viudas. “Posiblemente”, Jesús nunca pidió diezmo (Lucas 8:3) por no pertenecer a la tribu de Leví, sino a la tribu de Judá. Entonces ¿por qué pedirlo “nosotros” los cristianos? ¡Que lo pidan los levitas!
Es más, el apóstol Pablo (descendiente de la tribu de Benjamín) se mantuvo a sí mismo en sus viajes divisionales creando tiendas (Hechos 18:1-3). No obstante, en la mayoría de las congregaciones se nos dice que somos israelitas en el “espíritu”, frase que usamos a nuestro favor, ya que tomamos de la Ley mosaica lo que nos conviene. Pregunto, ¿cuándo han visto que las personas que exigen el diezmo, también circuncidan, lapidan, guardan el sábado, no comen sangre, etc.? Obviamente porque la Ley quedó abolida por la gracia, cuando Cristo, estando en la cruz del calvario, exclamó: “¡Consumado es!”. El final de la Ley mosaica, y esto lo sabrán mejor que yo, es Cristo (Romanos 10:4), fue el último que cumplió el Antiguo Testamento. Su muerte representa el parteaguas de la historia.
Los demás apóstoles vivían por la fe. Muchas veces los demás hermanos se despojaban de bienes (no era diezmo, sino ofrenda, la cual era voluntaria, no una obligación como el diezmo) y los ponían a los pies de los discípulos, quienes los repartían entre los más necesitados.
Sin embargo, nos llaman “ladrones” (Malaquías 3:8-10) si no diezmamos. Seamos sinceros, las congregaciones la mayoría no dependen de ayuda —así como la filosofía, el arte, la ciencia y la política, la religión cumple su rol en la sociedad— y debe costear gastos como pago de agua, luz, mantenimiento de instrumentos, etc., pero bien dijo Pablo, el imitador de Cristo: “Cada uno dé como propuso su corazón, no con tristeza o por necesidad, porque Dios bendice al dador alegre” (2 Corintios 9:7), y no como un líder imponga.
1 Corintios: 9, 16-17-18: “Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio! Por lo cual, si lo hago de buena voluntad, recompensa tendré; pero si de mala voluntad, la comisión me ha sido encomendada. ¿Cuál, pues, es mi galardón? Que predicando el evangelio, presente gratuitamente el evangelio de Cristo, para no abusar de mi derecho en el evangelio”.
¡Basta! Dejemos de hacer negocios con el evangelio. Meditemos un poco sobre la parábola del pastor asalariado.
El autor es Filólogo y Comunicador.