La verdad es que después del larvado Acuerdo del 28 de febrero pasado entre la Secretaría General de la OEA y el fraudulento Consejo Supremo Electoral (CSE) del binomio Ortega-Murillo en Nicaragua, lo que resulta claro como la luz del sol son dos cosas:
Primero: Que se pone de manifiesto, una vez más, la profunda crisis que desde hace algún tiempo viene arrastrando el sistema interamericano, léase OEA, por las contradicciones en que frecuentemente han incurrido sus dirigentes al tratar; por un lado, de pretender quedar bien con los pueblos mediante discursos rimbombantes, y por el otro, el de tener que someterse a los dictados de los regímenes autoritarios, como el de Nicaragua, por razones, entre otras cosas, de presupuesto para mantener la frondosa burocracia que con gran ostentación opera desde su sede en Washington.
Es vox populi que la llamada Carta Democrática Interamericana de la OEA, aprobada unánimemente por 34 naciones en septiembre del 2001 ( hace más de 15 años) bajo la dirección del colombiano César Gaviria, pretendió ser la tabla de salvación de una entidad internacional, muy costosa pero poco productiva, que estaba al borde del naufragio. Se culpó de ello a la participación de los Estados Unidos (EE. UU.), por lo que algunos países, alentados y financiados por los petrodólares de que disponía el Socialismo del Siglo XXI, de inspiración chavista, se decidieron crear la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe) que convoca cada cierto tiempo a los 33 países que la integran, pero al igual que la OEA con muy nimios resultados en cuanto a la defensa de los legítimos intereses y aspiraciones de las naciones involucradas.
La crisis de la OEA, se sabe, no solo es política sino también económica, a tal punto que ante la reciente solicitud del secretario general a los Estados-Miembros de aumentar sus cuotas económicas de participación, algunos países como la ejemplar democracia de Costa Rica, han emplazado públicamente a la OEA para que informe con qué fin demanda más recursos con tan pobres resultados en su desempeño político y social en el continente americano.
Segundo: Conscientes los nicaragüenses de que no es la OEA ni los EE. UU., ni ningún otro poder en el mundo, quien va a liberarnos llevando la democracia y la libertad a nuestro pueblo, debemos, juntarnos como “en un solo haz de energía ecuménica”, según el decir del poeta, todos aquellos compatriotas que con decoro y dignidad deseamos lo mejor para nuestra patria y organizarnos, cuadra por cuadra, barrio por barrio, ciudad por ciudad, para resistir hasta las últimas consecuencias ante tanto abuso que ha venido cometiendo el binomio Ortega-Murillo y sus secuaces, en contra de los derechos humanos y de la autodeterminación nacional del pueblo nicaragüense.
Nos referimos, naturalmente, a los que desean ser ciudadanos de una patria libre y no súbditos de una dictadura anacrónica y corrupta. Olvidémonos de esos partidos zancudos que lo único que buscan es estar como los cerdos, “gordos y bien alimentados”. Que no nos desvele el hecho de no tener una personería jurídica otorgada por una entidad espuria, por fraudulenta y por vendida, ya que la verdadera personería es la que da el pueblo, como ese sesenta por ciento de abstencionismo que dio la ciudadanía frente a la farsa electoral del 6 de noviembre pasado. La victoria pírrica de Ortega al lograr su propósito de manipular en función de sus bastardos intereses a la OEA no debe de ser causa de desaliento sino más bien de acicate para continuar la lucha en pro de la democracia y de la causa libertaria de nuestros conciudadanos. Tenemos la justicia y la razón de nuestra parte, todo lo demás vendrá por añadidura. Ánimo, nicaragüenses dignos, nunca está más oscuro que cuando va a amanecer.
El autor es periodista y Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).