Poesía de Luis Alvarenga. Llanto y agonía por el fin de vacaciones

Llanto y agonía por el fin de vacaciones No quiero que la luz de los trabajadores hiera mis pupilas de cadáver.

Llanto y agonía por el fin de vacaciones

Luis Alvarenga

Llanto y agonía por el fin de vacaciones
No quiero que la luz
de los trabajadores
hiera mis pupilas de cadáver.
Quiero ver la vida languidecer
en mi santo sepulcro acolchonado.
¡Qué horrorosos,
la civilidad y el demonio de sus filas de asesinos,
lastimando mis oídos!
La vacación se va
como sangre de una vena cortada.
Quisiera eternizarme
en el calor de una tarde a la que no le importo,
disolverme en el canto de las cigarras,
no resucitar para el salario
el domingo de resurrección.
Sudario sudado,
babas de los sueños
amontonados en la bodega de la cabeza,
poemas sin comenzarse,
proyectos de extraordinarias abyecciones sin salir de sus cartuchos.
—¡Qué juegos artificiales
alumbrarían si mis pecados ardieran!
Este es el último día de vida que nos es dado.
Desperdícialo, perezoso.
Mañana tu tiempo
será del diablo
y sus facturas te llegarán como dardos en los ojos.
Babea la ancha sábana de la vida,
mientras das otra vuelta
en el infinito tamaño king size.
Ronca hasta que despierten las estrellas,
mientras que la agonía
del día laboral crece
como una infección bochornosa,
como una mala palabra dicha por Dios en tu cara.
Así sea.

De la noche triste

Luis Alvarenga
I
Para Álvaro Menén Desleal

Esta tarde lloramos amargamente sobre la madera hecha añicos de las naves en la playa. Le hemos robado su tesoro más valioso a aquel anciano aún concupiscente y bueno, que nos convidó a beber de sus licores ingleses, crípticos como una máscara de tortura medieval. El desahucio nos llega a través del correo de las cuatro de la tarde. Todas las cartas hoy tienen la marca de la decrepitud: lo sabemos por el rondar incesante de las auras tiñosas. Todas, incluso la de la amante que convalece todavía de una caída desde el armario que propiciamos, cuando le dijimos que mataríamos al gato si seguía haciendo calor.

II

Una mujer se saltamontiza con vil celeridad. Ha quitádose los zapatos rojos, los de tacón mal desgastado como todo calzado de chica pie plano. Tú te has abierto una herida en el pecho. Creo que rayabas cebolla mientras fingías dirigir una orquesta ficticia con la mano que agarraba el cuchillo. Es verano, Semana Santa, para ser más preciso. No es necesario que la mujer me muestre, con cerril insistencia, el cuerpo exangüe de un coralillo para que yo lo recuerde.

III

Para Guillermo Avelar, amigo

Hoy no fue especialmente un buen día. Nos aterramos con los peces de colores que nos miran desde su pequeño coto de cristal como si fuéramos bestias raras o vulgares adornos. Por eso fui el que soy, amigos. No habréis de temerme si levanto la cabeza y os miro. (Odio cuando el autobús está lleno y todos evitan sentarse a mi lado). No creáis viejas fábulas que equiparan mis ojos con los lentes de las cámaras en aquello de que ambos roban algo del alma de lo que están observando. Solo intento fijar cada detalle en el interior de mis pupilas. No se confundan. Es ahí, y no en el mundo de ustedes, donde cada bello instante queda petrificado para siempre.

(Libro del sábado, 2001)

Quiero saber si la marea convocada

Luis Alvarenga

Quiero saber si la marea convocada
será más tarde pozo afortunado de la sed
o sorbo cálido de la arena.
Porque soy el de deshoras aturdidas por tanta imprecación y horóscopo
a quien de tan ruin tan solo una flor basta
para dejarlo enrostrando la risa al rostro de la risa.
Ausculto con la señal temida
con el minúsculo incendio de la cera
otros rostros otros rastros
temiendo amanecer con las manos perdidas
con el dibujo de breves humedades
y marcas abolidas de abolengos al desagüe.

(Otras guerras, 1995)

Cultura Luis Alvarenga archivo

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