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Fco. Javier Sancho Más

El peor y el mejor país donde vivir

Titulaba un medio internacional en estos días que con la muerte de Fidel Castro, definitivamente, se enterraba el siglo XX. Por supuesto, se refería a los años de las luchas contra las peores dictaduras, los de la guerra fría, los de los sueños utópicos y con él, incluso, la legendaria figura del Che Guevara.

Hace algunos años, en la terraza de la cafetería Margarita de Managua, conversaba con Miguel Ernesto Vigil, exministro de la Vivienda, durante la revolución sandinista, sobre el modelo propuesto por la Cuba de Fidel. ¿De verdad es necesario que algunas libertades se restrinjan para mantener un acceso a la salud y la educación igualitaria y de cierta calidad? ¿Es necesario que los líderes y el partido sean únicos, los mismos siempre desde 1959?

No hay duda de la capacidad de resistencia del pueblo y el modelo político y social cubano. No sabemos en qué lugar de la historia quedará Fidel. He visto cómo en países de África, por ejemplo, su nombre es un sinónimo de resistencia. Y es de reconocer la simpatía que genera el pueblo y la solidaridad internacional cubana, principalmente con la presencia de sus médicos en lugares donde muy pocos llegan en sus propios países.

Sin embargo, casi ningún país del mundo querría parecerse a Cuba. La evidencia nos demuestra que el modelo sufre de unos lastres fundamentales: falta de una democracia más amplia y el problema de líderes que se perpetúan en el poder. Difícilmente, un país puede progresar sin que sus líderes sepan cuándo retirarse de la escena. Fidel lo hizo muy tarde. Y frente a él, otros ejemplos como el de Mandela en Sudáfrica o Pepe Mujica en Uruguay, generan más consenso y adhesión. La conclusión es que este, el XXI, ya no es un siglo para mesías, dictaduras o dinastías.

Pero en eso, recuerdo que Miguel Ernesto me hizo esta pregunta: “Si fueras muy rico, ¿en qué país de América no vivirías por nada del mundo?”. Cuba fue mi respuesta, sin dudar, porque sospecho que allí el Estado me lo expropiaría todo. “Y ahora”, me dijo, “si fueras muy pobre, ¿a qué país de América te irías para vivir con cierta dignidad?”. Y de nuevo Cuba, respondí. Sin mucho conocimiento del medio, intuí que allí, sin recursos, al menos contaría con un nivel bueno de salud y educación.

Pero también he comprobado en Nicaragua, así como en otros países de poderes poco alterantes, que los pueblos que se acostumbran a un sistema que coacciona o coarta libertades, y no se lucha contra ello, en el mismo pueblo nos volvemos parcos, o cínicos o hipócritas. Cuando un pueblo expulsa de su territorio a miles de personas descontentas, siendo la mayoría de origen pobre o profesionales sin perspectivas, el problema adquieres grandes dimensiones. Además, Nicaragua está muy lejos de ser un país amigable para los pobres, y parece que trata mejor a sus ricos.

Gracias a la viralización de un video grabado en una universidad cubana, hace algunos años, pudimos observar las tonterías con que el régimen trataba de justificar la falta de libertad a los cubanos. Un estudiante le preguntó directamente al presidente de la Asamblea Nacional cubana por qué no le dejaban viajar libremente, ni siquiera a Bolivia para visitar el lugar donde cayó el Che. La respuesta de la autoridad cubana fue estúpida: “Si todos pudieran viajar donde quisieran, la trabazón que habría en los aires del planeta sería horrible”.

Cuando se dan esos absurdos, los regímenes pierden la razón y el pueblo que los apoyaba empieza a cambiar de opinión.

El siglo XX quedó atrás, pero en ese siglo aún vive Nicaragua, con nombres y apellidos que se siguen perpetuando en el poder. Poco a poco, los siglos van cediendo al peso de los nuevos tiempos. No hay mal que por cien años dure. Pero a algunos países les toca acelerar el paso para no perder otro siglo.

El autor es periodista. @sancho_mas

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