La violencia de los de arriba

La brutal represión policial del Gobierno contra los campesinos que pretendían llegar esta semana a Managua, para manifestarse contra el Canal Interoceánico y demandar elecciones libres y limpias, sorprendió a muchos en Nicaragua y en el exterior.

No es que Ortega nunca hubiera reprimido las manifestaciones de descontento, pues lo ha hecho en reiteradas ocasiones con distintos grados de ferocidad. Es que la presencia en Nicaragua de una delegación de la OEA, inclusive su secretario general, Luis Almagro, para dialogar con Daniel Ortega y distintos sectores políticos y sociales sobre la problemática política y electoral del país, hicieron pensar a muchos que Ortega sería comedido esta vez, al menos para guardar las apariencias. Y que aparte de la intimidación y los acostumbrados obstáculos institucionales y logísticos para disminuir la participación de campesinos en la marcha contra el Canal, el régimen orteguista los dejaría manifestarse libremente.

Pero la dictadura es represiva por su propia naturaleza. Su intolerancia no tiene límite. No puede dejar de mostrar su fuerza represiva y de utilizarla sin contemplaciones, cuando sus adversarios se atreven a desafiarla aunque sea manifestándose de manera cívica y pacífica.

Daniel Ortega, cuando luchaba contra la dictadura somocista y, después, mientras estuvo en la oposición en el período de los gobiernos democráticos de 1990 a 2006, siempre predicó y practicó la violencia armada que para él era la única forma válida de lucha. Repudió la lucha pacífica y condenó a quienes optaban por ella. Y ahora que de nuevo detenta el poder, Ortega acusa de vandálicos y violentos a quienes perseveran en la lucha pacífica y cívica para defender y reclamar sus derechos.

De Ortega se puede decir lo que Carlos Marx dijera de Adolfo Thiers, quien era presidente de Francia cuando la Comuna de París de 1871: “…ducho en mezquinas estratagemas, siempre sin escrúpulos para atizar una revolución cuando no está en el poder y para ahogarla en sangre cuando empuña el timón del Gobierno; lleno de prejuicios de clase en lugar de ideas y de vanidad en lugar de corazón…” (C. Marx. La Guerra Civil en Francia).

Hay quienes dicen que los campesinos y los opositores citadinos también practican la violencia y los llaman a que desistan de ella. Pero es mentira. En la actualidad solo algunas personas desesperadas por el acoso orteguista, de vez en cuando se alzan en armas en la montaña y mueren heroicamente en combate, o asesinados por la maquinaria militar y policial. Aparte de esos hechos aislados, todos los grupos opuestos a la dictadura sostienen que la restauración de la democracia tiene que ser por medios cívicos y pacíficos. Por eso insisten con vehemencia en la demanda de elecciones justas y transparentes y salen a la calle con el pecho descubierto, a pesar de la violencia orteguista, como lo hicieron este jueves en Managua con una marcha que fue exitosa a pesar de la intimidación.

Siempre se ha dicho que la violencia de arriba provoca inevitablemente la violencia de abajo. Pero en Nicaragua la única violencia es la de arriba, la que practica el orteguismo contra los campesinos y la oposición.

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