Publicamos en esta edición un excelente artículo titulado La historia no lo absolverá, escrito por el periodista y escritor de origen cubano, Carlos Alberto Montaner, colaborador regular de LA PRENSA, a propósito de la muerte de Fidel Castro ocurrida en la medianoche del viernes 25 de noviembre,
El título es una acertada parodia de la frase emblemática del mismo Fidel Castro, La historia me absolverá, que pronunció el 16 de octubre de 1953 en su alegato de autodefensa ante el tribunal que lo juzgó por el asalto armado al Cuartel Moncada de Santiago de Cuba, hecho acontecido el 26 de julio de ese mismo año.
Condenado a 15 años de cárcel pero perdonado y liberado dos años después por el dictador Fulgencio Batista, Fidel Castro se marchó a México para organizar una invasión armada a Cuba y convirtió su discurso ante el tribunal en un libro que fue su programa político, titulado precisamente La historia me absolverá.
Castro se comprometió en aquella obra programática a restablecer en Cuba la vigencia de la Constitución de 1940, la cual consagraba un sistema democrático con justicia social, libertad política, elecciones libres, alternabilidad en el poder, derecho de propiedad privada y prohibición de confiscaciones, prohibición de la pena de muerte, etc.
Pero Fidel Castro no cumplió lo que prometió en La historia me absolverá. En vez de instaurar en Cuba la libertad y la democracia contempladas en la Constitución de 1940, impuso una tiranía comunista de partido único y se quedó en el poder hasta que murió en su cama el viernes pasado. Los únicos logros que se atribuye o le atribuyen al régimen comunista cubano, en la salud y la educación pública, no podrían justificar la eliminación de la libertad, la democracia y los derechos humanos. La justicia social es perfectamente compatible con la libertad y la democracia.
De manera que es comprensible que el exilio cubano estallara en júbilo ante la muerte del tirano, con la esperanza de que después de esta se pudiera comenzar una apertura a la libertad y la democracia, o solo por la alegría de que el gran dictador por fin ha desaparecido aunque no rindiera cuentas de sus crímenes ante la justicia humana.
También dentro de Cuba deben ser muchos los cubanos que se han alegrado por la muerte del tirano, pero no lo pueden expresar públicamente y más bien tienen que fingir tristeza y participar del duelo oficial, para no exponerse a las represalias de la dictadura comunista.
En el mundo ha sido bochornoso que prácticamente todos los gobernantes democráticos hayan lamentado —de manera sincera o hipócritamente— la muerte de Fidel Castro. La desaparición de un tirano no es lamentable. De hecho solo el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, ha tenido agallas para decir que Fidel Castro fue “un dictador brutal que oprimió a su propio pueblo por casi seis décadas” y que “las tragedias, muertes y dolor, provocados por Fidel Castro, no pueden ser borradas”.
Así es. Por eso la historia no puede absolver a Fidel Castro, más bien ya lo ha condenado y la tiranía comunista que impuso en Cuba, aunque se resista a desaparecer también tendrá que morir. Es solo cuestión de tiempo.