Otra vez amanecemos en la nueva (misma) realidad que ni a punta de protesta ni guerra hemos logrado cambiar. Debemos reflexionar un poco. Al hacerlo pondremos el dedo en la llaga. No será agradable, queda advertido.
Hemos despilfarrado ríos de tinta abordando el supuesto problema de cómo el villano de turno que nos gobierna vuelve la verdadera superación del país una utopía inalcanzable. Sospecho que la gente ya ni la sueña. Pareciera que nada se puede hacer. Estamos condenados a seguir siendo los últimos: aquel retrógrado país más pobre de la región.
Al Gobierno le llueven críticas de parte de la sociedad pensante. Le reclamamos por no cumplir con su palabra, robar, mentir, no velar por el bien común, hacer lo que le da la gana para lograr sus objetivos aunque viole la ley y nuestros derechos.
Ahora bien. Hagamos un ejercicio. Vaya y mírese al espejo. Ahora pregúntese: ¿Cumplo yo con mi palabra? ¿Robo? ¿Miento? ¿Velo siempre por mi interés a expensas del bien común? ¿Hago lo que se me antoje para lograr mis objetivos aunque viole la ley y perjudique a mis compatriotas? ¿Comprendo tan siquiera de qué se trata el bienestar común?
¿Cómo le fue? ¿Interesante, no? Demasiada gente suficientemente formada para portarnos de otra manera, compartimos los mismos patrones de conducta que le criticamos al gobierno. O sea, los ríos de tinta corren en vano. Solamente contemplan los síntomas de la enfermedad y no la raíz: nuestro mismo comportamiento cotidiano individual. Nosotros somos el problema, no el Gobierno. Ellos son apenas nuestro mero reflejo.
Por ende el cambio que ahora anhelamos, de darse, inevitablemente traerá la misma cosa. Imagínese si lográramos quitarnos a estos señores. ¿Qué vendría después? Si nos toca un ciudadano promedio sería absurdo esperar otro resultado, aun asumiendo que los remanentes del régimen renuncien sus arraigados hábitos de desestabilizar el país “desde abajo”, mediante turbas y artimañas. Añoramos ser gobernados por un noble salvador, precisamente por alguien que no comparta nuestras cualidades. El comandante y Arnoldo Alemán son nicaragüenses prototípicos, comunes y corrientes. Doña Violeta y don Enrique son nicaragüenses sui géneris-excepcionales. Los resultados de sus gestiones respectivas lo evidencian.
Aquí en Nicaragua muchos ni titubeamos en prometer algo que nunca vamos a cumplir, en no pagar por servicios o bienes recibidos, en hacer cualquier cosa para conseguir lo que queramos, independiente del perjuicio a los demás. Lamentablemente, a veces hasta pareciera que nos esmeramos en ser destructivos. Basta con montarse al carro y observar la asombrosa metamorfosis de nuestro comportamiento: tan cariñoso y entrañable cuando estamos de frente pero egoísta y sinvergüenza apenas el trato se vuelve anónimo y se complica discernir con quien se está interactuando. La auténtica encarnación del Güegüense. Y para colmo, mojigatos actuando como sociópatas y quejándonos de vivir sometido a uno.
No podemos negarlo. La causa de nuestro fracaso somos nosotros y solo nosotros. Nosotros mismos exhibimos y hasta nos jactamos de las actitudes que le criticamos al Gobierno, que también le reprochábamos a Tamalón y a Tacho y que también —una vez que los que no hayamos huido al exilio recojamos lo que quede luego del desenlace infeliz que se avecina— le reprocharemos al próximo. A menos que se regrese a ese espejo, reflexione, y sea el cambio que usted quiere ver en su país.
Ese sabio dicho de Mahatma Gandhi cae como anillo al dedo en la Nicaragua de hoy. La solución está en nuestra manos. Hemos luchado heroicamente para cambiar gobiernos. Pero jamás se nos ha ocurrido que el máximo gesto revolucionario radica en cambiarnos a nosotros mismos. Hoy debemos reconocer el amargo hecho de que hemos entregado nuestro derecho al cambio colectivo. Pero nadie nos puede despojar del derecho de cambiar nuestro propio comportamiento. Y a menos que hagamos eso sería contundentemente ingenuo pretender lograr algo diferente a lo que siempre hemos tenido: más de lo mismo.
El autor es músico y administrador de empresa.