Jeff (Zach Galifianakis) y Karen Gaffney (Isla Fisher) son una pareja de clase media que vive en un enclave suburbano ideal. Son neuróticos y bonachones, pero eminentemente normales. Esto deja caer un velo de insatisfacción sobre sus espíritus. Después de despedir a sus hijos, en camino a un campamento de verano, contemplan incómodos su complacencia. Al menos, hasta que Tim (Jon Hamm) y Natalie Jones (Gal Gadot) se mudan a la casa de enfrente. Ellos son el extremo opuesto: imposiblemente apuestos, sobrecumplidores con ocupaciones exóticas. Son perfectos.
El título hace alusión a la dinámica de competencia que nace entre los vecinos, donde cada persona está pendiente de los bienes materiales del otro y trata de superarlo a cualquier costo. Los “Jones” de esta ecuación son una familia ideal. Aunque el hogar de Tim y Natalie es elegante, y contrasta con la domesticidad cursi de Jeff y Karen, el factor de envidia que la película explota tiene que ver más con personalidad y atractivo físico.
El guion de Michael LeSieur saca mucho millaje cómico del contraste entre las dos parejas, inclinando la balanza a favor de los glamorosos. Jeff y Karen manifiestan su falta de sofisticación en exuberantes despliegues de torpeza física. Lo normal no solo es aburrido, también es ridículo. Pero Karen tiene el don de la suspicacia y pronto detecta grietas en la armadura de perfección de sus nuevos vecinos. Es cuestión de tiempo para que descubra que en realidad son agentes secretos, insertos en su comunidad con una agenda oculta.
Con este giro, la película se revela como una sátira de las películas de acción, aterrizada por la dinámica entre los personajes. No espere dimensión ideológica en la intriga, es solo un catalizador para condimentar una historia de opuestos que se atraen. La relación más importante resulta ser la amistad que florece entre Jeff y Tim. Lamentablemente, esto relega a Fisher y Gadot a un plano secundario.

Estamos acostumbrados a ver a Jon Hamm como Donald Draper, el intenso y oscuro publicista de la serie clásica Mad Men. Aquí, es un héroe de acción en clave cómica. La película usa esa disonancia cognitiva a su favor. Hay algo de novedad en verlo como payaso. Sin embargo, cualquier persona que lo haya visto como anfitrión en Saturday Night Live, o su pequeño papel en la comedia de Netflix, The Unbreakable Kimmy Schmidt, sabe que tiene refinados instintos cómicos. En menor grado, Zach Galifianakis también actúa en contra de su tipo. Jeff está muy lejos de Alan, el insolente hombre-niño de la trilogía ¿Que Pasó Ayer? (2009-2013), pero ambos son modelos inadecuados de masculinidad. Es una pena que la película no pueda proveer similar atención a sus personajes femeninos.
La trama se apoya en la revelación de una mente maestra criminal. Ese golpe de efecto solo funciona si uno está familiarizado con el mundillo de la comedia norteamericana, al menos lo suficiente como para reconocer a la figura reclutada. Saber quién es Patton Oswald infla la efectividad del chiste. Si no lo conoce del todo, o solo lo recuerda de una que otra película, solo vemos a un cuarentón regordete tratando de llenar el prototipo hollywoodense del súper villano internacional. Puede ser divertido, pero no tanto.
El director Gregg Mottola nos ha regalado perceptivas comedias, como el honesto retrato de la amistad adolescente de Supercool (2007). Aquí, asume el ritmo frenético de la farsa, pero no logra darle sustancia. Espiando a los vecinos es una comedia desechable. Puede verla distraídamente una tarde de domingo. El lunes no recordará haberlo hecho.
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