Doctor Strange

Crítica de cine: Doctor Strange, Hechicero Supremo

Cuando pensaba que Marvel había agotado la fuente de poder de sus superhéroes llega Doctor Strange para inyectar algo de adrenalina.

Justo cuando pensaba que Marvel Studios había agotado la fuente de poder de sus superhéroes llega Doctor Strange para inyectar algo de adrenalina en el formato de sus ejercicios taquilleros. La trama se viste en los ropajes del misticismo, pero en el fondo, es una historia de origen similar a Iron Man: un sujeto soberbio es escarmentado por la fatalidad, aprende nuevas cosas y encuentra la fortaleza necesaria para sacrificarse por los demás. En este caso, el pesado de turno es Stephen Strange (Benedict Cumberbatch), un brillante neurocirujano con complejo de Dios. Un accidente vehicular lo despoja de sus habilidades motoras, destruyendo su capacidad para operar. Ya no tiene el pulso para ser un virtuoso del escalpelo. Dejando atrás a la Dra. Christine Palmer (Rachel McAdams), la mujer que lo ama a pesar de todo, viaja hasta Nepal en busca de una cura. Quiere volver a ser el hombre que era. Pero se convertirá en un ser superior.

Más que un occidental haciendo turismo existencial, Strange se topa con una genuina academia de místicos poderosos, gobernada con mano firme por la Ancestral (Tilda Swinton), una especie de sacerdotisa andrógina capaz de viajar a través de varias dimensiones y planos de existencia. Le acompaña el lugarteniente Mordo (Chiwetel Eijiofor) y el bibliotecario Wong (Benedict Wong). La llegada de Strange es oportuna. El templo es asediado por Kaecilius (Mads Mikkelsen), un acólito renegado que quiere usar los rituales para desencadenar el poder de la oscuridad sobre el mundo a como lo conocemos. O algo así.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine.
Juan Carlos Ampié, crítico de cine.

Doctor Strange logra rescatar el sentido de asombro a través de los efectos especiales. El director Scott Derrickson (Sinister, 2012) visualiza la acción en planos alucinantes. Es como si alguien tomara las secuencias de las ciudades doblándose como planos de papel en Inception (Christopher Nolan, 2010) y las metiera en un caleidoscopio. Buenos y malos se enfrentan en escenarios que parecen dibujos de M.C. Escher o cuartos de espejo reflejando un mundo en constante transformación. Los personajes desafían las leyes de la Física, y por una vez, estas libertades se justifican narrativamente. La cámara logra registrar la acción con congruencia. Quizás Doctor Strange resulte tan refrescante por su relativa independencia de la tiranía del MCU (siglas de Universo Cinemático de Marvel en inglés), la agotadora macro-narrativa que cruza franquicias fílmicas y series de TV. Apenas vemos, en una fugaz toma panorámica de Nueva York, el edificio de Stark Industries con la “A” de los “Avengers”. El descanso no es eterno. Tenemos la inevitable escena extra en los créditos finales, vaticinando la aparición del Dr. Strange en Thor: Ragnarok, programada para estrenarse en noviembre del 2017. Y los verdaderos fans saben que tienen que quedarse hasta el final de los créditos finales (valga la redundancia), para ver una segunda escena extra que siembra las semillas de la inevitable secuela. Si Doctor Strange es una fiesta, esos dos momentos son la resaca.

Las acusaciones de “orientalismo” —la apropiación de elementos de la cultura oriental por blancos occidentales— no son infundadas. En los cómics originales, el maestro ancestral es un hombre asiático. La reversión de género del personaje, y las cualidades etéreas de Tilda Swinton, liman un poco esta aspereza. Cumberbatch, actor británico que ha ganado popularidad global gracias a la serie Sherlock, se convierte en efectivo héroe de acción. Logra manejar con relativa facilidad la transformación de escéptico hombre de ciencia a hechicero místico. Espero que mantenga su distintiva personalidad en la fiesta patronal de superhéroes que se vislumbra en el horizonte.

 

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La Prensa Domingo cine Juan Carlos Ampié archivo

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