A diferencia de los Dantos, el Bóer de los años ochenta era un equipo mediocre. Su estructura la formaban veteranos con excesivo pasado y jóvenes con escaso futuro.
La mezcla era fatal y cada año se reflejaba aún más en la tabla de posiciones, muy a pesar del estoicismo de sus fieles fanáticos y del impulso de la prensa deportiva.
Y como sus directivas rotaban frecuentemente, tampoco había estabilidad en el plantel. En cierto momento el equipo viajó en un IFA y la casaclub era un desastre.
Luego de ausentarse en el torneo de 1980, el Bóer volvió en 1981 y fue cuarto en su grupo. Al año siguiente tercero y uno después, cuarto, a 20 juegos del primer lugar.
Y tras ser último en 1984 y tercero en 1985, se decidió armar la fusión para la campaña 1985-86 y se tomó a lo mejor de los Industriales y lo poco que había en el Bóer.
En 1987 avanzó a la Final. De la COIP llegaron Polín Cruz y Julio Sánchez, pero sobre todo, Nemesio Porras, quien provocaría un punto de inflexión en su historia.
Ese año no pudieron conquistar el título ante los Dantos, pero quedó establecida la base para darle forma a la organización que tomaría un nuevo impulso en los noventa.
Eustace Martin, Bayardo Pérez, Nemesio, Polín, Roberto Espino, Julio Sánchez, Ulises Bojorge, Nelson Castro y Francisco Javier Moreno eran el Bóer de 1987.
Barney Baltodano y Félix Moya lideraban la rotación, con Alfredo Medina como el jefe del bullpen y Alejandro Arana como mentor. Esa fue la única Final en esa década.
Lo mejor del Bóer vendría en los años noventa con don Miguel Castillo al frente y se extendería hasta ahora, con una estructura muy sólida.
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