Un reciente artículo de opinión publicado por el Washington Post nos recuerda que la dictadura dinástica que está construyendo Daniel Ortega es una repetición de la establecida por la familia Somoza en el siglo pasado, expresando que la historia siempre se repite; dicha reflexión me hizo recordar la famosa frase que Carlos Marx consigna en su libro El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte: “la historia ocurre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa”. Comentario que surge de la comparación del golpe de Estado de Napoleón Primero con el de su supuesto sobrino, Napoleón Tercero; al considerar el autor en el desarrollo de su concepción materialista de la historia, que el primero de los golpes puede considerarse como producto de la lucha de clases pero el segundo no era más que una simple farsa producto de la ambición del golpista y de la corrupción del lumpen proletariado y de los militares.
Si bien la tragedia de las guerras napoleónicas que asolaron Europa y afectaron duramente a Francia no admiten discusión, pudiera discutirse si la farsa de Luis Bonaparte tuvo o no las mismas consecuencias trágicas, pero sin duda la derrota de su intervención en México, la batalla de Sedán y la pérdida de Alsacia y Lorena como producto de la guerra Franco Prusiana presentan resultados dramáticos para Francia y constituyeron una nueva tragedia para esa nación.
En nuestro caso la primera dinastía produjo años de insurrección, represión y muerte, así como una guerra revolucionaria que tumbó al último dictador de la familia gobernante y abrió la puerta para una nueva guerra contra la dictadura marxista que pretendió sustituir a la dinastía frustrando las aspiraciones democráticas de los nicaragüenses y atrasando nuestro desarrollo.
Hoy la familia Ortega Murillo mediante una farsa electoral y demoliendo los fundamentos de nuestra débil democracia, pretenden construir una nueva dinastía confiados en que la participación de los partidos colaboracionistas, dispuestos a zancudiar y el apoyo de las fuerzas armadas junto con la de un minúsculo grupo de empresarios y de algunos pocos jerarcas de la iglesia católica y pastores evangélicos, le permitan imponerse sin mayores consecuencias.
Ante el debilitamiento del bloque del Alba Ortega, como buen conocedor de las tesis marxistas pretende blindar adicionalmente su régimen aliándose con Rusia e Irán; empujando al país a una carrera armamentista que más que alejar la tragedia acrecentará la inestabilidad de la región y terminará involucrando a Centro América en un nuevo conflicto.
La comunidad internacional a través de los más importantes medios noticiosos ha reaccionado condenando la deriva totalitaria de Ortega, comparando a su régimen con el de los Somoza, y con las dinastías más peligrosas, que solo han traído dolor a sus propios pueblos, como la de Papa Doc Duvalier en Haití; como lo hiciera Stephen Kinzer en el Boston Globe la preocupación de los editorialistas está basada en el conocimiento de la historia y en las particularidades de la nuestra.
La Coalición Nacional por la Democracia, consciente de la necesidad de evitar una nueva tragedia, ha propuesto como alternativa la nulidad del presente proceso electoral y la celebración de unas verdaderas elecciones que, producto de la lucha cívica o mejor aún de un sincero y constructivo diálogo nacional, permitan reencauzar al país por la senda democrática como única garantía de estabilidad y progreso.
Los nicaragüenses amantes de la paz y todas las fuerzas democráticas tienen un rol que jugar en estas circunstancias, conformando un frente amplio por la democracia; y los colaboradores y asociados de Ortega tienen la responsabilidad de aconsejarle apostar por esta salida o hacerse corresponsables del desastre, el que todo mundo ve venir pero muy pocos hasta ahora intentan evitar.
El autor es abogado.