Max L. Lacayo

Nicaragua, brujas, magos, hojalatas

Brujas, represión; inocencia, exilio; un mago impostor, espantapájaros sin cerebro, hombre de hojalata sin corazón, un león cobarde. Esto describe algunos de los personajes y caracterizaciones de la película (1939) titulada The Wizard of Oz (El mago de Oz, en español). La situación actual de Nicaragua me hizo recordarlos.

Dorothy, una jovencita huérfana de Kansas, Estados Unidos, es la protagonista de la película que —antes los acosos de la vecina (una bruja)— huye en busca de un exilio promisorio de mejor vida; así, como lo hacemos los nicaragüenses; abstrayéndonos de la dolorosa realidad y dando lugar a la mente que invente insufribles fantasías para poder subsistir.

La joven exiliada, igual que tantos nicaragüenses encuentra refugio “en algún lugar sobre el arco iris”. Ahí, Glinda, una bruja buena le informa que ha neutralizado a la bruja mala y aconseja a Dorothy que para volver a Kansas debe hablar con el misterioso Mago de Oz. Hombre semejante a los líderes políticos nicaragüenses; siempre ofreciendo acciones mágicas pero invariablemente incapaces de controlar cosa alguna, aparte de sus propios intereses.

En el camino hacia la ciudad donde habitaba el mago, Dorothy hizo amistad con un hombre de hojalata sin corazón, un espantapájaros sin cerebro y un león cobarde. Todos se unieron a ella con la esperanza de pedirle al mago les concediera sus particulares deseos y los dotara de lo que cada uno carecía. Todos confiados en los poderes del Mago de Oz. Así como los incautos se aproximan a los líderes de los partidos políticos en Nicaragua.

Después de muchos obstáculos se encuentran con el mago. Este les ofrece ayuda con la condición que demuestren su valor, arrebatando la escoba voladora de la nefasta bruja que azota a todo el pueblo. Invariable semejanza a los líderes políticos nicaragüenses, entregando a los desesperados al peligro y vulnerándolos ante los abusadores del poder.

Y así procedieron al encuentro con la pérfida mujer. En el camino son atacados por monos voladores alados que capturan a Dorothy y a su perro para entregarlos a la bruja. Muy al estilo de las turbas motorizadas del Gobierno actual de Nicaragua, que castigan, golpean, capturan a gente inocente por el simple hecho de reclamar sus derechos. La hechicera pretende —infructuosamente— remover las zapatillas de rubí con las que Glinda protegía a Dorothy contra los conjuros.

Disfrazados de soldados, el hombre de hojalata, el espantapájaros y el león intentan liberar a Dorothy, pero los soldados del castillo y la bruja los logran acorralar. La desalmada mujer prende fuego al espantapájaros, Dorothy instantáneamente tira agua y lo apaga al mismo tiempo que alcanza a la bruja, la cual, con aspecto de terror, se derrite. Sorprendentemente, los soldados de la bruja se tornan felices y comienzan a celebrar. Cuántas veces, en Nicaragua, hemos visto derretirse a los “hombres fuertes”. A veces una gotita de agua es suficiente para rebalsar un vaso.

Ya de regreso, Dorothy y sus amigos descubren que el mago es un estafador que con trucos ilusionistas ha hecho creer al pueblo que es poderoso. A pesar de todo, él intenta resolver los deseos de todos de manera engañosa. Al espantapájaros sin cerebro le otorga un diploma; así como Daniel Ortega crea a sus propios “profesionales”. Al león cobarde lo condecoró con una medalla al valor; semejante a las condecoraciones orteguistas a selectos oficiales de las Fuerzas Armadas nicaragüenses. Al hombre de hojalata le entregó un reloj en forma de corazón para que sus mecanismos pulsantes anunciaran vitalidad; así como la Nicaragua Ortega-Murillo y su cultura de árboles de lata y tanques de metales fríos marcan el paso de tiempos desperdiciados.

Eventualmente Glinda advierte a Dorothy que juntando los tacones de sus zapatillas y repitiendo las palabras “no hay lugar como el hogar” podría regresar a casa. También le advierte que su demora llevaba el propósito de hacer que la joven aprendiera el deber de encontrar en su corazón el verdadero deseo de regresar.

Dorothy despierta en casa rodeada de familiares y relata el cuento. Todos ríen, asegurándole que ella estaba soñando. ¿Quién está ahí para decirnos, a los nicaragüenses, si los cruentos abusos Ortega-Murillo son realidad o una simple pesadilla?

El autor es economista y escritor.

COMENTARIOS

  1. Ramiro
    Hace 10 años

    De sus mejores escritos, felicidades.

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