Después de una breve incursión en la mitología china vuelvo a los temas habituales de esta columna. Me lo facilita un mensaje del amigo Iván de Jesús Pereira, que dice lo siguiente:
“Mi estimado don Luis, estoy leyendo El Asno de Oro, de Lucio Apuleyo, (que) en uno de sus capítulos menciona unas famosas bodas de Aquiles y Protesilao. ¿Dónde podría encontrar más referencia a dicho acontecimiento de la mitología griega?”
Se conoce que Apuleyo fue un gran escritor romano del siglo II de nuestra época. En El Asno de Oro, estimada como una de las grandes obras de la literatura latina y universal, cuenta la leyenda de un joven llamado Lucio que por un maleficio es transformado en burro, pero conservando el entendimiento humano. Lucio (nombre que posteriormente se dio a Apuleyo como apelativo), es liberado del maleficio por la diosa egipcia Ísis y de esa manera vuelve a la normalidad.
Pero vamos por partes. Protesilao es un personaje de la guerra de Troya mencionado por Homero en La Ilíada. Hijo de Ifico, rey de Filace, Protesilao fue uno de los príncipes que pretendieron la mano de Helena y se comprometieron a rescatarla, en el caso de que fuese raptada.
Protesilao es el primer griego que muere en la guerra de Troya. Según cuenta Homero en el Canto II de La Ilíada, “lo mató un dárdano (troyano) cuando saltó de la nave mucho antes que los demás aqueos (griegos) y en Filace quedaron su desolada esposa y la casa a medio acabar”.
Es que Protesilao se había casado apenas el día antes de su partida a la guerra y apenas pudo consumar el matrimonio en la noche de bodas. Laodamia, se llamaba su joven y bella esposa, quien solo gozó una noche de amor conyugal. Ella era hija de Acasto, rey de Tesalia, uno de los héroes griegos que fueron al Cáucaso para apoderarse del vellocino (mechón) de oro del carnero alado Crisómalo.
La noticia de que su esposo había muerto en las playas de Troya trastorna a la recién casada Laodamia. Fervorosamente ella le pide a los dioses que todo lo pueden, que le devuelvan a su marido, prometiendo hacer todas las ofrendas y sacrificios que pueda. Los dioses se conmueven por el dolor de Laodamia y resucitan a Protesilao, pero solo por una noche, para que la pase con su esposa. De esa manera Protesilao y Laodamia pueden tener una segunda noche de bodas que seguramente disfrutan la desesperación de los amantes que no se volverán a encontrar.
Protesilao regresa al mundo de los muertos y al perder por segunda vez y definitivamente a su marido, Laodamia enloquece. Manda a hacer una estatua de Protesilao, cada noche la coloca en su cama y frota su cuerpo contra ella, recordando las dos noche de boda e imaginando que hace el amor con Protesilao.
Una noche los sirvientes descubren que Laodamia está acostada con alguien, aparentemente un hombre, y corren a decirlo a Acasto. El rey, enfurecido porque cree que su hija está deshonrando el hogar teniendo una relación sexual ilícita, va a la alcoba de la muchacha para castigarla y entonces se da cuenta de que es una estatua con la que ella está acostada.
Comprende Acasto que su hija sufre una grave perturbación y ordena que la estatua de Protesilao sea quemada, para ver si así ella supere su obsesión. Pero esta decisión de Acasto tiene una consecuencia funesta, porque Laodamia se arroja a la hoguera en la que arde la estatua de Protesilao y muere de esa terrible forma.
Se cuenta que Protesilao fue enterrado en la península tracia del Quersoneso, enfrente de Troya, que ahora es la península turca de Galípoli. Allí, en una cueva cercana a la ciudad de Sesto, al legendario guerrero griego se le estableció un santuario que durante mucho tiempo fue objeto de culto y peregrinación.
Como hecho histórico se conoce que mucho tiempo después de la guerra de Troya, el Quersoneso fue conquistado por los persas durante la invasión de Jerjes a Grecia. El santuario de Protesilao fue destruido y las riquezas que contenía, acumuladas con las ofrendas de los devotos, fueron saqueadas por el gobernador militar persa. La ciudad de Sesto fue recuperada por los atenienses, que, para vengar el ultraje a la memoria de Protesilao castigaron severamente el saqueo sacrílego de su santuario. El saqueador fue crucificado, como un vil criminal y antes de morir fue obligado a ver cómo su hijo era lapidado.