El régimen orteguista echó pie atrás en su intentona de controlar todos los medios de comunicación y redes sociales, para restringir la libertad de expresión alrededor de la farsa electoral que está en desarrollo.
Pero no ha retrocedido por buena voluntad y mucho menos, por “apego y respeto irrestricto a la libertad de expresión en todas sus formas, a la libertad de comunicación y todos los derechos que esto conlleva”, como dijera en su arenga del lunes pasado a través de medios oficialistas, la esposa de Daniel Ortega y cogobernante de facto de Nicaragua, señora Rosario Murillo.
En realidad, la dictadura orteguista echó pie atrás en este caso por el rechazo unánime de los sectores democráticos, lo mismo que por la fuerte crítica internacional a los desmanes políticos que el régimen ha venido cometiendo en los últimos meses.
Como es bien sabido, por medio de un mal llamado “reglamento de ética” dictado por el Consejo Supremo Electoral (CSE), el orteguismo pretendía controlar los medios de comunicación, sitios de internet y redes sociales, para impedir la denuncia de la farsa electoral y llamados a la abstención. “Todos los comunicadores sociales, propietarios, directores y presentadores de programas de comunicación social, sitios web y redes sociales, dirigentes y miembros de las organizaciones cívicas… y ciudadanía en general”, estarían controladas por el régimen orteguista, según se decía textualmente en el abortado reglamento de “ética electoral”.
Sin embargo, ese reglamento fascista de censura a la libertad de expresión ha sido anulado por el mismo régimen orteguista. Esto demuestra que en realidad la dictadura de Daniel Ortega no es todo lo poderosa e invencible que pretende ser y demostrar; y también es prueba de que mediante la lucha democrática tenaz, al régimen dictatorial se le puede asestar derrotas parciales, aunque sean pequeñas y aisladas.
Los nicaragüenses saben por experiencia propia, que la victoria definitiva sobre una dictadura no se logra de un solo golpe, de la noche a la mañana. Esto tiene que ser consecuencia de una lucha larga y difícil, la mayor parte del tiempo cuesta arriba y en condiciones muy adversas. Es el resultado de la acumulación de triunfos pequeños y parciales de las fuerzas democráticas, conjugada con las debilidades intrínsecas de toda dictadura, y combinada con las torpezas del dictador que derivan de su arrogancia y avidez desmesurada de poder.
Cabe señalar finalmente, que el reglamento fascista de “ética electoral” mediante el cual la dictadura orteguista pretendía controlar todos los medios de comunicación social y restringir la libertad de expresión, pero que finalmente el mismo régimen tuvo que abortar, había sido aceptado e incluso elogiado por los grupos políticos, supuestamente opositores, que participan como comparsas en la farsa electoral orteguista.
Sin duda que ellos tienen derecho de participar en esa farsa y nadie se los puede ni debe negar. Pero al menos deberían tener el decoro de no avalar sumisamente todo lo que haga el dueño del circo electoral.