En el hablar nicaragüense se llama gallo gallina a las personas ambiguas; que viven capeando el bulto y usan laberintos de palabras que se prestan a distintas interpretaciones. Como aquella frase del inmortal Cantinflas: “No estoy ni a favor ni en contra; todo lo contrario”.
La actitud gallo gallina la vemos en declaraciones de algunos dirigentes empresariales, religiosos o políticos, que ante las barbaridades políticas actuales evitan hablar claro; que no se sabe si aprueban o reprueban, si alaban o condenan.
En el caso del sector privado esta timidez ambigua es hasta cierto punto entendible. Sencillamente tienen miedo. Su seguridad no depende de un marco institucional autónomo y confiable, sino de la voluntad omnímoda del gobernante. Y entre más grande son, y más gente dependa de ellos, menos libertad sienten de decir lo que verdaderamente piensan. Es demasiado arriesgado.
El problema está en que la ambigüedad en el lenguaje hace daño. Los eufemismos, el “dorar la píldora”, o atenuar con el lenguaje la maldad de ciertas actuaciones, desdibuja la realidad y tiende a promover la complacencia ante conductas intolerables. El hablar claro, por el contrario, llamando a las cosas por su nombre, “al pan, pan, al ladrón, ladrón”, puede a veces parecer duro, pero es algo que ilumina la realidad de las cosas y contribuye a la educación moral. Porque un elemento de esta es, precisamente, mostrar la fealdad o maldad de las cosas perversas y fomentar el consiguiente sentimiento de repudio.
En el evangelio de Juan 1:47 leemos que Jesús, al acercársele Natanael dijo: “He aquí a un verdadero israelita, en quien no hay ninguna doblez”. Jesús tenía en alta estima la virtud del hablar franco y claro así como detestaba la insinceridad o el hablar ambiguo. Sus expresiones hacia quienes la practicaban fueron fortísimas: “Hipócritas, sepulcros blanqueados”; “¡Serpientes! “¡Raza de víboras!” (Mateo 23;33) Y seguramente lo dijo con enojo.
El enojo es, a propósito, un elemento legítimo de la educación moral. La conciencia rectamente formada no solo debe reconocer a las cosas por su verdadero nombre, sino reaccionar con sana ira ante la maldad. La falta de indignación o asco, ante las perversiones personales, sociales o políticas, es una señal alarmante de que una sociedad ha perdido su brújula moral. Un pueblo que no se enoja ante las injusticias está a merced de los tiranos.
Es importante, por tanto que los líderes, aquellos cuyas voces y opiniones son escuchadas por amplios sectores, sean conscientes de la gran responsabilidad que conllevan sus expresiones públicas. Tanto daño pueden hacer las descalificaciones y acusaciones injustas, como los eufemismos y ambigüedades que pretenden tapar los malos olores sin combatir la podredumbre.
En el caso de los líderes gremiales el reto es particularmente duro, más aún después de la nueva agresión antidemocrática del régimen orteguista. Pero es importante que realicen que, a largo plazo podría ser más riesgoso no decir las verdades, que proclamarlas. Emitir señales de miedo hace más agresivas a las fieras. Parárseles con decisión y unidad, aunque conlleva riesgos, tiene más probabilidades de inducir cambios e inspirar respeto.
Los líderes religiosos, por su parte, tienen la responsabilidad de ser fieles a su vocación profética. Denunciar lo que merece ser denunciado, con valentía y claridad meridiana, como hizo el Maestro; sin condicionar el mensaje a ningún cálculo de conveniencia, aunque lleve a la cruz.
Los ciudadanos, igual, compartimos el deber de hablar y actuar. Dejar las actitudes gallo gallina y participar en marchas, acciones y actividades, que manifiesten nuestro repudio a la farsa electoral y a la dictadura.
El autor fue ministro de Educación en el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro.
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