Yader Loza Jarquín

Una cuestión de estrategia

El mayor problema que enfrenta la oposición en Nicaragua para retomar el poder no es solo la falta de unidad, sino la carencia de una estrategia política común que en el corto, mediano o largo plazo que le permita volver a gobernar.

Como se sabe, al Frente Sandinista le tomó 17 años regresar al gobierno y no fue por casualidad que lo logró. Los hechos demuestran que sus actuaciones responden a una estrategia hábilmente ejecutada que en definitiva les permitió lograr su objetivo.

Derrotados en las elecciones de 1996, comprendieron que con una masa electoral del 38 por ciento, jamás regresarían al poder, así que pactaron con el partido gobernante logrando una reforma constitucional que les garantizó cuotas de poder en instituciones claves como el órgano judicial y electoral y bajo el porcentaje de votos para ganar en primera vuelta del 40 al 35 por ciento en las elecciones del 2001.

Sin resultados por esta vía, para las elecciones del 2006, cuando su influencia en el poder electoral había crecido, enfilaron sus cañones hacia la división del voto opositor al tiempo que a la población le vendían una imagen de cambio y paz. Además, instruyeron a sus pocos alcaldes y diputados comportarse como funcionarios públicos progresistas, transparentes, abiertos a la participación ciudadana y el acceso a la información. El resultado no pudo ser mejor, otra vez a mandar desde arriba.

Ya en el poder afianzaron el control sobre el poder judicial y electoral para que el primero avalara la inconstitucional candidatura presidencial de su máximo líder y el segundo le garantizara la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional durante los comicios del 2011 y así obtener la ansiada reforma constitucional hacia la reelección presidencial indefinida. Todo salió a pedir de boca.

Desde entonces, se busca instaurar un régimen de partido único y perpetuarse en el poder, destacando las acciones para desarticular y extinguir a los verdaderos partidos de oposición quedando solo aquellos que se prestaran al juego de los falsos procesos electorales hasta que se llegue el momento de abolirlos para siempre.

En cambio las actuaciones de la oposición no parecen ir de la mano con un plan para llegar al poder y por lo visto se sienten cómodos a la sombra del partido gobernante, porque en la práctica sus acciones políticas se muestran dispersas y como una reacción espontánea e individual de un grupo político ante una movida del Gobierno por la división que a la fecha no han podido superar.

Tampoco se percibe interés por hacer visible el trabajo de los alcaldes opositores que todavía quedan o transparentan la gestión de sus diputados pues solo algunos están dispuestos a rendir cuentas públicamente del fondo social que manejan, no obstante, en materia de reelección todos quieren ser los primeros.

La oposición necesita una estrategia similar a la de su oponente, enfocada en maximizar sus fortalezas, desarrollar acciones políticas con visión de futuro y no inmediatistas, adelantándose a los acontecimientos para que no los agarren mal parados como le pasó al sector mayoritario del PLI cuyo líder no supo manejar la decapitación que desde el 2011 le prepararon inmediatamente después que su grupo recibió la casilla 13. Aquí, la unidad con las otras facciones que se disputaban la representación legal pudo evitar el descalabro, pero ganó la soberbia.

Con una estrategia política clara y coherente donde cada acción que se realice sea la continuación de otra, la unidad de los partidos de oposición hace tiempo se habría concretado y con ello la posibilidad del regreso a un gobierno democrático estaría cada vez más cerca y no tan lejana e incierta como se muestra hoy.

El autor es abogado y notario público.

Opinión estrategia política archivo
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