Juan Carlos Ampié, crítico de cine.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine.

Warcraft: El encuentro de dos mundos

A pesar de las críticas negativas y la mala taquilla en EE.UU., Warcraft ha sido un éxito en China, haciendo viable la continuación de la saga.

Es una franquicia multimedia que nació en 1994 como juego de video, expandiéndose en el tiempo a una serie de productos que incluye novelas, cómics, juegos de naipes y de mesa. Ahora puede añadir una película al catálogo. O dos, o tres. A pesar de las críticas negativas y la mala taquilla en EE.UU., el filme ha sido un éxito en China, haciendo viable la continuación de la saga. La pregunta es si tendremos paciencia para seguirla hasta el final. Los realizadores han declarado que crearon la película para los fans. Sin embargo, el hecho de que están trabajando en un nuevo medio, y su decisión de contar un “historia de origen”, obliga a que el filme funcione para el público que no está familiarizado con el mundo de Warcraft.

El subtítulo en español El Primer Encuentro de Dos Mundos es poco acertado. Aquí no hay diplomacia. Es una guerra abierta hecha posible por un portal mágico invocado por el hechicero Gul’dan (Daniel Wu), quien lidera a todas las tribus de orcos en una campaña por conquistar el mundo de los humanos. Durotan (Toby Kebbell) es uno de tantos jefes de clanes con una esposa devota, Drakka (Anna Galvin), y un bebé orquito en camino. Durotan es un buenazo, y empieza a tener dudas sobre los motivos de Gul’dan, quien necesita tomar muchas vidas para alimentarse de la “magia vil”, que se manifiesta como un aura verde. Garona (Paula Patton) es una mestiza. A través de ella, los humanos descubren los parámetros del conflicto. El grupo incluye al Rey Llane (Dominic Cooper), el caballero Lothar (Travis Fimmel) y no uno, sino dos hechiceros: Medivh (Ben Foster) y el joven aprendiz Khagdar (Ben Schnetzer).

Son muchos personajes y una intrincada relación de hechos. El director Duncan Jones trabajando en el guion con Charles Leavitt, resuelven el problema con fuentes inagotables de diálogo expositivo. Con mucha frecuencia los personajes tienen que anunciar su nombre, de dónde vienen y a dónde van. De vez en cuando alguien asume la tarea de recapitular la acción o anunciar lo que viene. Esto más que un mal necesario, es una solución fácil para un problema narrativo complicado: los realizadores tienen que preservar al máximo la mitología para no ofender a los fanáticos, y no dejar que los novatos se pierdan. El resultado es una película frenética y poco satisfactoria.

Sin embargo, Jones es un buen director y hace hasta lo imposible por infundir algo de humanidad en estos muñecos de acción. La mejor actuación corre por cuenta de Paula Patton, como una mujer mitad orco, mitad humana, que no pertenece realmente a ningún bando pero es usada por ambos. Es la única que trasciende al kitsch de fantasía medieval y comanda la pantalla con gracia. ¡Ojalá hiciera mejores películas! Menos afortunado es el protagonista putativo. Oculto bajo una copiosa barba, Travis Fimmel (veterano de estas lides por la serie Vikingos) se pierde entre las convenciones de capa y espada. El guion hace un buen trabajo en delinear el conflicto ético de Durotan y Draka pero el maquillaje sepulta a los actores. Quedan vencidos por el diseño de la criatura, que no puede cambiar para no ofender a los fieles. Ben Foster devora el escenario en su papel de brujo intrigante. Es el tipo de sobreactuación que solo él puede brindar.

Warcraft es un artículo de colección que funciona solo para aficionados con afán completista. Para los demás, es como Juego de Tronos sin sexo, política y emoción. Es decir, sin razón de ser.

La Prensa Domingo cine Juan Carlos Ampié archivo

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