Han pasado 13 años desde que Pixar liberó Buscando a Nemo (Andrew Stanton, 2003). Eso parece una eternidad en tiempo de cultura popular. La secuela que ahora se estrena lucha por superar dos desafíos: primero, reconectar al público con el universo particular que construyó hace más de una década; segundo, encontrar una nueva historia que no se sienta redundante. Les adelanto que en ambos frentes tienen éxito.
El título anuncia que Dory (Ellen Degeneres), el pez cirujano que servía como alivio cómico y compañero de aventuras, es ahora la protagonista. La película arranca con un flashback a su infancia, en el cual descubrimos cómo se vio separada de sus padres, en parte por padecer de falta de memoria a corto plazo. Su condición también complica el presente, cuando decide emprender la búsqueda para reunirse con ellos. Marlin (Albert Brooks) y su hijo Nemo (Haydence Rolence) la siguen para tratar de protegerla. Después de todo, para ellos es familia. La odisea la lleva hasta un instituto de biología marina en California, donde recluta la ayuda del pulpo Hank (Ed O’Neil).
El guion de Andrew Stanton hace un encomiable trabajo a la hora de invocar los temas de la película original y expandirlos, creando una especie de díptico sobre la importancia de las familias, forjadas por lazos de sangre o afinidad. Si Buscando a Nemo convertía la neurosis paternal en prueba de amor; Buscando a Dory ensalza la empatía que convierte a amigos en parientes. Más que regresar a casa, Dory construye un hogar en cada instante de su viaje. El final feliz no viene determinado por la reunión entre hijas y padres, sino en el establecimiento de una utopía formada por una familia de amigos, en un solo núcleo. Como las mejores piezas de ficción para niños, más que una distracción, Buscando a Dory es una experiencia de educación emocional.
Mérito aparte, merece el tratamiento de las discapacidades físicas, mentales y emocionales. En la primera película, la aleta atrofiada de Nemo lo definía como individuo y lo hacía vulnerable. Su proceso de empoderamiento era el hilo dramático del filme. Sin embargo, la falta de memoria de corto plazo en Dory era tratada como una jocosa excentricidad. Ahora, es presentada como una característica intrínseca a su personalidad. Puede ser fuente de problemas, pero también de soluciones. La resolución de la trama depende de su extraordinaria habilidad para aislar problemas y resolverlos. “¿Que haría Dory?”, es el mantra que Marlin y Nemo invocan cada vez que se enfrentan a un problema. Además, tenemos a Destiny (Kaitlin Olson), una tiburón-ballena que no puede ver bien; Bailey (Ty Burrell), una ballena beluga que ha perdido confianza en su capacidad de orientación espacial. No soy psiquiatra, pero podría jurar que Hank es maníaco depresivo.
El instituto donde se desarrolla el grueso de la acción funciona como genial campo de obstáculos. La sucesión de contrariedades puede ser exasperante, pero recuerda la cualidad episódica de las cadenas de desafíos que conforman los videojuegos de aventuras. La latente humanidad de los personajes y el fino sentido del humor de los realizadores permiten que esta estructura narrativa no se sienta repetitiva ni alienante. Afortunadamente se está proyectando la versión con audio original en inglés y subtítulos en español. Si sus niños saben leer, les recomiendo que busquen una de estas tandas. Solo así podrán disfrutar de los talentos de extraordinarios comediantes como Degeneres y Brooks. Y dudo que el “cameo” de Sigourney Weaver sobreviva al doblaje. Esta cálida comedia familiar merece ser vista en su estado más puro.